¡Ciudadanos, un esfuerzo más para ser verdaderamente asamblearios! De no ser así, sin duda, el final va a ser descorazonador. Nuestro tiempo no es ya el de Babeuf, después de mil años no es tiempo ya de “cambiar” estas leyes groseras: hoy es tiempo de “abolir” esas mismas leyes. Hacer del fracaso, siempre, un punto que nos impida el desfallecer. Elevar la impotencia a lo imposible, es decir, a lo real. De nada va a servir la indignación, y de nada la construcción de asambleas donde antes era imposible (una auténtica creación de un posible, una invención de igualdad), si lo que se pretende no es más que el reconocimiento estatal y la reforma parlamentaria: hay que declarar la soberanía de éstas, al mismo tiempo, si es necesario (y lo es), que la disolución del Parlamento. El problema no es que haya buenos o malos gobernantes, el problema es el gobierno mismo. De otro modo, tan sólo acabaremos siendo “mejores” gobernados. Hay que decidirse a decidir.
Bien está el apartidismo, eso es la verdadera política: la afirmación de la parte de los sin parte. Pero como tal, como parte de los sin parte, sólo tenemos la organización. Sin duda, como lo sabía Mao, “las masas son los verdaderos héroes”. La gente piensa. Organización se opone a partido: los que nada tienen sólo tienen eso: la organización de su pensamiento y su compartación genérica.
¡Todo el poder para las asambleas! Pensamos, que sería la consigna más ajustada. Y para seguir: la producción es necesaria siempre, la economía no.
¡Elecciones trampas para tontos! ¡Atontamiento o emancipación! y ¡Todo el poder para las asambleas! pueden ser muy bien los lemas de nuestro tiempo.


