Doc.276 Hágase el silencio

Written by admin octubre 2nd, 2012

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Alejandro Arozamena

Hágase la “Paz Social”. Hágase el “Orden”. Hágase la “Ley”. Hágase el silencio. Hágase todo ello para defender “la arquitectura institucional sobre la que se sustenta nuestra civilización democrática”. Hágase, pues, la voluntad de la Autoridad. Así en la tierra como en el cielo. ¿Quién habla para callar a todas las demás bocas? “Nuestro” secretario de Estado de Cultura. El Gran Hombre que escribe aliteraciones rubendarianas en alejandrinos juanrramonianos sin “h” (“masas alagadas [sic] por demagogos mediáticos”). ¡Todo por la (H)armonía! ¿Y a quién? Precisamente a nosotros, en plural mayestático, las “multitudes”, no toninegristas sino nada menos que ¡schmittianas! “Multitud de la antipolítica” cuyo malestar en la cultura “cuestiona abiertamente la legitimidad de nuestras instituciones y la fuerza de nuestra legalidad democrática”. Esto lo dice el Hombre Providencial, sorprendido de “que no sean muchos los que denuncian esta estrategia de convertir la calle en una asamblea”, en fin todo un virtuoso del liberalismo puesto “que ante la mayor crisis de las últimas décadas urge recuperar la virtud y los valores, una tarea para la que los liberales están mejor capacitados que nadie”. No como la chusma y la salvajería constituyente que “haciendo realidad la tesis de Jürgen Habermas de que buena parte de la izquierda post-frankfurtiana, así como del comunitarismo que alienta muchas derivas nacionalistas dentro y fuera de nuestras fronteras, viven atrapadas por el bucle conceptual que urdió el autor de La dictadura cuando disparó sin remilgos contra el diseño corrompido de la democracia liberal”.

Así pues, nos las vemos con toda una autoridad en sus cuatro figuras, como quería Kojeve: un Amo (y Maestro), un Jefe, un Juez y un Padre. Al mismo tiempo y encarnadas en un solo nombre. Aunque, “por lo demás, aún prescindiendo de la canonización de los artículos de fe de Lassalle, el programa no vale nada” (Marx dixit). Porque, y esto hay que decirlo, Lassalles ha habido en todas las épocas y en todos los sitios.

En una carta a Kautsky, fechada en Londres el 26 de febrero de 1891, escribía Engels: “Yo no tengo la culpa de que esa gente ignorase que Lassalle debía toda su personalidad al hecho de que Marx le permitió, durante muchos años, adornarse con los frutos de sus investigaciones como si fuesen de él, dejándole además que las tergiversase por falta de preparación en materia de Economía. Pero yo soy el albacea literario de Marx, y esto me impone mis deberes. Lassalle ha pasado a la historia desde hace 26 años. Y sí, mientras estuvo vigente la ley de excepción, la crítica histórica le dejó tranquilo, ya va siendo, por fin, hora de que vuelva por sus fueros y se ponga en claro la posición de Lassalle respecto a Marx. La leyenda que envuelve y glorifica la verdadera figura de Lassalle no puede convertirse en artículo de fe para el partido. Por mucho que se quieran destacar los méritos de Lassalle en el movimiento, su papel histórico dentro de él sigue siendo un papel doble”. Pero “nosotros” no vamos a esperar 26 años para tener la oportunidad de decir que “nuestro” Lassalle pasó a la historia por tergiversar y apropiarse del nombre de Bataille, por ejemplo, en defensa de algunas de “nuestras” vacas más sagradas: Dios y el Estado, Dios y la Nación, y, por supuesto, la Ley (pero no la Torá, el Nomos o la Shariah, no: la Constitución).

Poco importan aquellos cuya única profesión, actualmente, es la de proletario, es decir: morirse de hambre. “Je suis accusé d’avoir dit à trente millions de Français, prolétaires comme moi, qu’ils avaient le droit de vivre. Si cela est un crime, il me semble du moins que je ne devrais en répondre qu’à des hommes qui ne fussent point juges et parties dans la question”, etc. (Blanqui). Lo único que importa es defender la archipolítica de la policía, a saber: la única y verdadera antipolítica. Lo que nuestro articulista de fe llama la “equidad”, o sea, en última instancia la equivalencia de mercancías.

La única diferencia entre la democracia del esclavismo ateniense y la nuestra es que allí había una parte de la sociedad que no formaba parte de la humanidad pero sí de la vida y, aquí, hay una parte de la sociedad que sí forma parte de la humanidad pero no de la vida.

Y, en efecto “de este modo, se desgarran las costuras de nuestra democracia invocando la promesa de una pesadilla venidera que tiene sus profetas y que levanta banderas de redención colectiva que pretenden, por la vía de los hechos, subvertir el marco constitucional a través del desarrollo de un relato mesiánico que erige a la multitud, la que sea, en protagonista de un nuevo escenario constituyente o titular de un inexistente derecho de autodeterminación”, escribe nuestro Secretario modernista.

Pues bien, ¡sí! ¿Para qué perder más tiempo con semejante libelo? He ahí la esencia de la verdadera política: la parte de los sin parte, los mudos del mutismo civil. Aquellos que tienen que permanecer callados y en orden, que no tienen ningún nombre ni ninguna inscripción simbólica, que ya no tienen ninguna Institución (ni siquiera imaginaria) a la que agarrarse y que, dado el hecho muy real de que para el estado actual de cosas, para el mejor de los mundos posibles ya es como si estuvieran muertos (de una muerte simbólica, al menos), no pueden morir dos veces.

En fin, ¡no nos callarán! ¡Servidumbre Voluntaria o Autoemancipación! ¡Abajo los Parlamentos! ¡Jamais nous ne travaillerons, ô flots de feux!(Rimbaud)

ALEJANDRO AROZAMENA
En Brumaria, 2 de octubre de 2012.

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