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La crisis (permanente) del MNCARS
Brumaria
La reciente dimisión de Ana Martínez de Aguilar en la dirección del MNCARS ha puesto sobre la mesa del mundo del arte las cartas marcadas que nadie en su sano juicio quisiera nunca jugar, demasiadas trampas, demasiados jugadores, intereses espurios y maniobras orquestadas en la oscuridad.
Ana Martínez de Aguilar nunca debió ser nombrada para dirigir el museo estatal que alberga el arte del siglo XX y promueve el arte actual; su falta de experiencia y carencias curriculares, su timidez corregida con prepotencia sólo se podían sostener con los apoyos de aquellos que se pasean cómodamente en los despachos de los poderes fácticos de la institución: unos están claros, otros no tanto. No obstante, su trayectoria al frente del MNCARS ha sido una más en la ya larga deriva de un museo que aún hoy padece la desarticulación entre su estatuto administrativo y legal, su rol como centro productor de cultura y su proyecto como museo y centro de arte actual; si bien hay dos decisiones suyas que superaron con creces los límites de lo mínimamente razonable en una de pocas instituciones culturales que el gobierno central gestiona: su proyecto museográfico (un batiburrillo antiguo e incoherente debido a unos autores que jamás dieron la cara para defenderlo) y el nombramiento como subdirectora de María García Yelo, una persona que nunca, por incompetencia, debería haber ocupado dicho cargo.
Entre tales acontecimientos rechazar una propuesta del Whitney Museum de Nueva York para coproducir una exposición es una más de las perlas con que la directora dimisionaria nos ha obsequiado, la última de las cuales es el desmantelamiento del Departamento de Audiovisuales y la pérdida de estatus de su directora, Berta Sichel, como premio a la magnífica exposición Primera Generación. Arte e imagen en movimiento (1963-1986). Pero no deberíamos olvidar que todo ello ha venido sucediendo con el beneplácito del gobierno apoyado en un Real Patronato de dieciocho miembros entre los cuales no hay ni un solo especialista en arte moderno o contemporáneo. Demencial, vamos, máxime teniendo en cuenta los débiles apoyos que tenía en la base de los diferentes sectores que conforman el mundo del arte. Su continuidad en la dirección del centro era insostenible desde el momento en que el nuevo Director General de Bellas Artes, José Jiménez, puso en duda su idoneidad para dirigir el museo estatal. En todo caso debería haber dimitido el mismo día y momento en el que el nuevo Ministro de Cultura, César Antonio Molina, se presentó al “mundo de la cultura” dejando claro que venía a mover fichas, hacer ruido y promover las acciones necesarias para que en los ocho próximos meses la base social de la cultura española actual garantice la continuidad de José Luis Rodriguez Zapatero en la Moncloa.
La entrada del nuevo equipo ministerial y la dimisión de Ana Martínez de Aguilar se han producido en medio de un ambiente general de recomposición de la institución arte en España que gira en torno al Museo como centro hegemónico de la misma. En los últimos años y de manera creciente los museos y centros de arte contemporáneo están acaparando un protagonismo indiscutido basado en la capacidad de sus responsables en la gestión de recursos económicos, muy superior a la que puedan tener cualesquiera de los otros sectores implicados: artistas, críticos, universidades, coleccionistas, ferias, medios de comunicación… Dicha hegemonía ha venido siendo apoyada y legitimada por las diferentes asociaciones corporativas (artistas, directores de museos, críticos de arte, galeristas, Instituto de Arte Contemporáneo…) que finalmente ha sido oficializada a través del llamado “Documento de Buenas Prácticas en Museos y Centros de Arte Contemporáneo”, consensuado con el Ministerio de Cultura y firmado en enero pasado mediante acuerdo no vinculante. El apoyo unánime del sector del arte a dicho documento y al anunciado cambio de rumbo en las decisiones de los políticos a la hora de nombrar directores de museos parece encontrarse en el nirvana de las relaciones arte/instituciones: todos en paz y contentos. Ocurre, sin embargo, que en el arte y cultura contemporáneos el consenso y la unanimidad suelen ser letales, lo mejor de la cultura occidental del ultimo siglo se ha construido desde el disenso, la confrontación, callada o no, y la diferencia, tanto en términos lingüísticos como estrictamente políticos o sociológicos.
En todo caso y en línea con lo que hemos venido sugiriendo en anteriores intervenciones, en el análisis crítico de la cultura visual española de las dos últimas décadas, insistimos en la urgente necesidad de cuestionar el “engorde” de la institución más allá del discurso oficial y dominante según el cual los graves problemas que acechan al arte español actual son el modo de nombramiento de los directores de museos y la escasa presencia del arte español en las citas internacionales. Dos falsos problemas basados en imposturas continuadas de personas, entidades y colectivos cuyo proyecto final es la consecución de un buen puesto de salida en la carrera por obtener recursos de las administraciones públicas, lugar sagrado donde el maná fluye sin parar. Que en los dos últimos años el tema de debate por excelencia sea el de los medios y criterios para nombrar directores de museos y centros de arte suena a broma a pesar de ser una lamentable realidad, baste recordar que los dos nombramientos realizados por comités o jurados de “reconocido prestigio e independencia” y en aplicación del mencionado documento de buenas prácticas han recaído en las personas que todo el mundo sabía de antemano; el problema no es “cómo” se nombra a los directores de los centros sino para qué, con qué criterios, en base a qué proyectos, con qué finalidad pública y formativa, bajo qué parámetros de rentabilidad social… todo ello alejado de la demagógica y corporativa proclama del ministro Molina cuando afirma que para determinados puestos de dirección “… los candidatos deberán ser postulados por el mundo de la cultura”. ¿Postulados por el mundo de la cultura? ¿Qué mundo? ¿Cómo se postulan? ¿En función de qué parámetros profesionales, ideológicos, programáticos…? ¿Para qué son elegidos y/o nombrados los cargos públicos sino para que tomen las decisiones pertinentes en base a un conocimiento profundo de su territorio competencial y con un escrupuloso respeto al ordenamiento jurídico? ¿Alguien imagina, por ejemplo, que para nombrar al Director General de Obras e Infraestructuras del Ministerio de Fomento haya que esperar a que las grandes constructoras o los sindicatos “postulen” al candidato?
El Plan de Modernización de las Instituciones Culturales de la Administración General del Estado, de próxima aprobación en Consejo de Ministros es un conjunto de vaguedades, buenas intenciones y abstracciones reguladoras que, en el caso del MNCARS, deja todo en manos del Real Patronato y quienes dirigen sus decisiones, digan lo que digan las asociaciones que lo apoyan.
Las referidas asociaciones, entidades y colectivos de representación gremial y profesional que entusiásticamente han aplaudido tanto la dimisión de Ana Martínez de Aguilar como las decisiones últimas del Ministerio de Cultura (acompañados por la prensa más reaccionaria) no hacen sino patentizar y oficializar la entronización del discurso único que en las actuales circunstancias excluye cualquier intento de generar esfera pública responsable en las artes visuales, actitud aquella tan bien intencionada como suicida: con esas maneras y métodos el arte no crece, sólo engorda.
Pero mientras se habla y habla de museos y directores no se habla de educación, por ejemplo, tema primero y fundamental para comenzar a hablar y tratar de los problemas del arte español actual. En un reciente seminario en Kassel, una de las poquísimas artistas españolas de sólida carrera internacional proclamó sin dudas lo que nadie parece querer oír “no hay arte español en el circuito internacional porque los artistas españoles no tienen nada que decir”. Ahí queda.
Pero la actual crisis del MNCARS, calificada como “episodio coyuntural” por parte del Consejo de Críticos de Artes Visuales en un claro intento de guardar distancia respecto al entusiasmo generalizado, dista mucho de ser un episodio coyuntural, se trata más bien de un asunto de profundo y amplio calado político que hunde sus raíces en la reiterada obstinación ministerial en no replantear y gestionar seriamente tanto su estatuto jurídico como sus fuentes de financiación o su estructura interna, esto es, verificar que Madrid, desde el gobierno central, puede albergar un museo de arte de arte moderno y contemporáneo, un centro de arte actual y un centro de producción perfectamente diferenciados. La dimisión y demás affaires ministeriales son el principal síntoma de la pérdida de influencia de Francisco Calvo Serraller & Cía en la trastienda cultural del Partido Socialista, y la emergencia con fuerza del proyecto reformador de las asociaciones profesionales personificado en José Jiménez. Cuando, en unos meses, la crisis entre en vías de solución veremos quién es El Gran Tapado, aquel que habrá de liderar y gestionar el estatus quo de una crisis tan estéril e interesada como cínica y equivocada. Las últimas noticias (una coleccionista presidiendo el patronato o que el concurso restringido para proveer la plaza de director sea secreto —algo de dudoso encaje en la legalidad administrativa—) no van en la dirección más acertada para solucionar la ya larga crisis.
Ante el imparable descenso de un Partido Popular que se ha quedado sin discurso una vez agotado el filón del terrorismo, ante una política económica neoliberal que el propio Sarkozy envidia, ante la posible vuelta a las andadas de los criminales patriotas vascos, ante el mantenimiento de políticas sociales por debajo de la media europea con un crecimiento anual del 4%, ante el disparatado mercado inmobiliario y la generalización del trabajo precario, ante las futuras consecuencias del tsunami de la anunciada crisis de los mercados financieros…, bien está que los media dediquen espacio y tiempo al ruido cultural, el ruido de la cultura banal, del ocio y del espectáculo tamizados desde la política instrumental y cortoplacista.