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Documento 233
José Luis Brea araña el mapa del silencio
Brumaria
A finales de marzo y a través de diferentes páginas de Internet especializadas en cultura —esas que bajo los post incluyen el apartado “comentarios” y nunca nadie comenta nada— como salonKritik, a-desk*, e-limbo*, e-madrid.org…, aparecía en circulación un pequeño texto de José Luis Brea titulado “La sonrisa helada” que básicamente es un fortísimo ataque a los nuevos tiempos del MNCARS personificados en la figura de su director.
La verdad, cuesta imaginar a qué responde, a qué intereses sirve y a quiénes beneficia semejante entrada en la cacharrería del mundo hispano del arte. Si se trata de un mero posicionamiento personal e intelectual ante una situación confusa, sólo queda admitir y admirar la enorme valentía de alguien que osa romper el inmenso, silencioso, falso e irresponsable consenso en el cual está subsumida la institución arte en España.
Parece que Brea maneja las mismas informaciones que el grueso de los interesados en el arte actual, aquello que los medios de comunicación se encargan insistentemente de hacernos llegar. Pero él debe saber bien que las noticias de los periódicos no son en caso alguno datos serios y fidedignos para analizar y enjuiciar con seriedad asuntos que requieren cierta especialización. Que El País, ABC, El Mundo, La Razón y La Vanguardia —por citar los más notorios— den siempre las mismas noticias y opiniones sobre el MNCARS es un dato inquietante sobre el preocupante estado de salud del arte en nuestro país, pero poco más. Ruido y más ruido propagandístico, hasta llegar al punto justo, es la meta cultural del actual gobierno, mal que les pese a muchos.
El seco y saludable arañazo de Brea a nuestro silencioso y adormecido mundo del arte está teniendo una respuesta tendente a cero, lo cual le carga de razón. No obstante, contiene pasajes que merecen cierto detenimiento. Empezando por el Código de Buenas Prácticas, algo que el autor del referido escrito ha defendido en consonancia con la inmensa mayoría de las organizaciones gremiales/profesionales del sector. A nuestro entender, el código de marras, presentado y gestionado como panacea, al carecer de eficacia jurídica, no pasa de ser un instrumento de buenas intenciones, es decir, papel mojado. Pero es más, su pretendida generalización trata de olvidar que los medios, instrumentales y normativos, para elegir a los mejores o los más adecuados son variables en el tiempo y variados en los fines propuestos. El código es igualmente clasista, segregador, corporativista y de difícil encaje en/con la batería de leyes, decretos ley, ordenanzas y reglamentos por los que se regulan las actividades de los órganos de las administraciones públicas, los titulares de la mayoría de nuestros museos y centros de arte. Resulta ridículo elevar a categoría el hecho de elegir a un director de museo mediante un código de buenas prácticas cuando un ministro, un director general, un jefe de exposiciones, un conservador o una secretaria son designados a dedo.
En donde “La sonrisa helada” quema es en el, cabe suponer, lapsus analítico de la conformación grupal de los jurados electores de directores. Hacer referencia a “un cierto grupo de influencia” en el ejercicio de actividades oligopólicas es sencillamente falso. No, no son así las cosas: o se desconoce o se oculta que la estructura de poder en el mundo del arte está compuesta por un número creciente de grupos de perfiles difusos, relacionados también de forma difusa en uniones, intersecciones, acuerdos y acercamientos tendentes a la obtención de recursos públicos por las vías más rápidas, legales e ilegales.
Respecto al alegato final sobre el jurado que eligió al actual director del Reina, “gente tan fiable como la que le eligió para dirigir el principal museo del país” sólo cabe preguntarle al autor si está seguro de semejante afirmación. Y otra pregunta más: ¿qué más te da (nos da) quién dirija el MUSAC? En base al éxito obtenido y al consenso institucional, lo suyo sería que lo heredara y dirigiera Agustín Pérez Rubio para no interrumpir el proyecto; claro que también podrían dirigirlo Alaska, la Terremoto de Alcorcón, Tarzán o Los Simpson.
Se quiere decir con ello que se le está dando una importancia desmesurada a los museos y centros de arte. Quizás, y la crisis puede ser un acicate, sea el momento de pensar más en lo que sucede fuera de los mismos. Pero dentro y fuera, en la institución, reina el silencio, la nada vestida de pretensiones, donde opinar está penado: que se lo pregunten a César Antonio Molina.
El presidente José Luis Rodríguez Zapatero, después de no escuchar a nadie y con la firme convicción de que el Ministerio de Cultura es una unidad administrativa de propaganda, tan útil como perversa, decidió que, entre el cuarteto de nombres que pululaban en su cabeza —Ángeles González Sinde, Manuel Borja Villel, Miguel Bosé y Blanca Portillo— la primera de la lista era la más indicada. ¿Por qué? Porque era la más netamente de izquierdas (según la Cosa Nostra de perfiles variopintos que conforman SGAE, La Sexta, Mediapro, Público…).
Por si fuera poco la que está cayendo, la Omertá perfuma el ambiente ministerial.
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