Documento 238a

La Idea del Comunismo* I

Alain Badiou



Mi objetivo es hoy el de describir una operación intelectual a la cual daré el nombre de Idea del Comunismo —y ello por razones que, espero, serán convincentes—. Sin duda, el momento más delicado de esta construcción es el más general, aquél en el que se trata de decir lo que es una Idea, no solamente con respecto a las verdades políticas (y en ese caso, la Idea es la del comunismo), sino con respecto a una verdad cualquiera (y en ese caso, la Idea es una reanudación contemporánea de lo que Platón intentaba transmitirnos bajo los nombres de eidos o de idéa, o incluso más precisamente de Idea del Bien). Dejaré implícita una buena parte de esta generalidad[1], para ser lo más claro posible en lo que concierne a la Idea del comunismo.

            La operación “Idea del comunismo” requiere de tres componentes constitutivos: un componente político, un componente histórico y un componente subjetivo.

            Primero: el componente político. Se trata de lo que yo llamo una verdad, una verdad política. A propósito de mi análisis de la Revolución Cultural (una verdad política donde las haya), un comentarista del periódico británico The Observer creía poder decir que, con solamente constatar mi relación positiva con este episodio de la historia china (para él, naturalmente, un siniestro caos asesino), se congratulaba de que la tradición empirista inglesa hubiera “vacunado [a los lectores del Observer] contra toda complacencia hacia el despotismo de la ideocracia”. En suma, se congratulaba de que hoy el imperativo dominante en el mundo sea “vive sin Idea”. Comenzaré por decir que, después de todo, una verdad política también se puede describir empíricamente: es una secuencia concreta y datada donde surgen, existen y desaparecen una práctica y un pensamiento nuevos de la emancipación colectiva[2]. Incluso se pueden dar ejemplos: la Revolución Francesa entre 1792 y 1794; la guerra popular en China entre 1927 y 1949; el bolchevismo en Rusia entre 1902 y 1917; y —desafortunadamente para The Observer, aunque supongo que tampoco le gustarán mucho mis otros ejemplos— la Gran Revolución Cultural Proletaria, en todo caso entre 1965 y 1968. Dicho esto, formalmente —es decir, filosóficamente— nosotros hablamos aquí de un procedimiento de verdad, en el sentido que yo le doy a este término desde El ser y el acontecimiento. Pronto volveremos a ello. A continuación, señalaremos que todo procedimiento de verdad prescribe un Sujeto de esta verdad, Sujeto que, incluso empíricamente, no es reducible a un individuo.

            Acto seguido, el componente histórico. La datación lo demuestra: un procedimiento de verdad se inscribe en el devenir general de la Humanidad bajo una forma local, cuyos soportes son espaciales, temporales y antropológicos. Epítetos como “francés” o “chino” son los índices empíricos de esta localización. Aclaran el hecho de que Sylvain Lazarus (cf. nota precedente) hable de “modos históricos de la política” y no de “modos” sin más. Hay, en efecto, una dimensión histórica de una verdad, aunque en última instancia sea universal (en el sentido que yo doy a esta palabra en mi Ética, por ejemplo, o en mi San Pablo. La fundación del universalismo) o eterna (como prefiero decir en Lógicas de los mundos o en mi Segundo manifiesto por la filosofía). Se verá en particular que, en el interior de un tipo determinado de verdad (política, pero también amorosa, artística o científica), la inscripción histórica incluye a las relaciones entre verdades diferentes y por tanto situadas en puntos diferentes del tiempo humano general. En particular, existen efectos retroactivos de una verdad sobre otras verdades que fueron creadas antes que ella. Todo ello exige una disponibilidad transtemporal de las verdades.

            Y, finalmente, el componente subjetivo. Consiste en la posibilidad para un individuo (definido como animal humano y claramente distinguido de todo Sujeto) de decidir[3] convertirse en [devenir] una parte de un procedimiento de verdad política. Convertirse en [devenir], para ser breves, un militante de esa verdad. En Lógicas de los mundos, y más simplemente en Segundo manifiesto por la filosofía, describo esta decisión como una incorporación: el cuerpo individual y todo lo que lleva consigo de pensamientos, afectos, potencialidades actantes, etc., se convierte en [deviene] uno de los elementos de otro cuerpo, el de verdad —existencia material en un mundo dado de una verdad en devenir—. Este es el momento en el que un individuo pronuncia que se pueden franquear los límites (del egoísmo, de la rivalidad, de la finitud…) impuestos por la individualidad (o la animalidad, que es lo mismo). Y es posible en la medida en que, aunque siga siendo el mismo individuo que es, deviene también, por incorporación, una parte actante de otro Sujeto. Llamo a esta decisión, a esta voluntad, una subjetivación[4]. De manera más general, una subjetivación es siempre el movimiento por el cual un individuo fija el lugar de una verdad con respecto a su propia existencia vital y del mundo donde esta existencia se despliega.

            Llamo “Idea” a una totalización abstracta de los tres elementos primitivos, un procedimiento de verdad, una pertenencia histórica y una subjetivación individual. Inmediatamente se puede dar una definición formal de Idea: una Idea es la subjetivación de una relación entre la singularidad de un procedimiento de verdad y una representación de la Historia.

            En el caso que nos ocupa, se dirá que una Idea es la posibilidad, para un individuo, de comprender que su participación en un proceso político singular (su entrada en un cuerpo de verdad) es también, en cierto sentido, una decisión histórica. Junto con la Idea, el individuo, en tanto que elemento del nuevo Sujeto, realiza su pertenencia al movimiento de la Historia. La palabra “comunismo” ha sido durante aproximadamente dos siglos (desde la “Comunidad de los Iguales” de Babeuf hasta los años ochenta del último siglo) el nombre más importante de una Idea situada en el campo de las políticas de emancipación o políticas revolucionarias. Sin duda, ser un comunista era ser un militante de un Partido Comunista en un país determinado. Pero ser un militante de un Partido comunista era ser uno de los millones de agentes de una orientación histórica de la Humanidad entera. La subjetivación ataba, en el elemento de la Idea del comunismo, la pertenencia local a un procedimiento político y el inmenso dominio simbólico de la marcha de la Humanidad hacia su emancipación colectiva.

            Se comprende, por otra parte, por qué la palabra “comunismo” no puede ser un nombre puramente político: ata, en efecto, para el individuo de quien sostiene la subjetivación, el procedimiento político a algo más que a sí mismo. Tampoco puede ser una palabra puramente histórica, pues sin el procedimiento político efectivo, del que veremos que ella detenta una parte irreductible de contingencia, la Historia no es más que un simbolismo vacío. Y, en fin, tampoco puede ser una palabra puramente subjetiva o ideológica, pues la subjetivación opera “entre” la política y la historia, entre la singularidad y la proyección de esta singularidad en una totalidad simbólica, y, sin estas materialidades y estas simbolizaciones, ella no puede llegar al régimen de una decisión. La palabra “comunismo” tiene el estatuto de una Idea, lo que quiere decir que, a partir de una incorporación y, por tanto, desde el interior de una subjetivación política, esta palabra denota una síntesis de la política, de la historia y de la ideología. Por ello, se comprenderá mejor como una operación que como una noción. La Idea comunista no existe más que a orillas del individuo y del procedimiento político, como este componente de la subjetivación que se sostiene de una proyección histórica de la política. La Idea comunista es lo que constituye el devenir-Sujeto-política del individuo como siendo, también y al mismo tiempo, su proyección en la Historia.

            Creo que sería clarificador, y no sólo se trataría de desplazarme hacia los territorios especulativos de mi amigo Slavoj Zizek[5], el formalizar la operación de la Idea en general, y de la Idea comunista en particular, en el registro de las tres instancias del Sujeto según Lacan: lo real, lo imaginario y lo simbólico. En primer lugar, se planteará que el procedimiento de verdad mismo es lo real en lo que se sostiene la Idea. Se convendrá, acto seguido, que la Historia sólo tiene existencia simbólica. En efecto, ella no sabría aparecer, ya que para aparecer hay que pertenecer a un mundo. Pero la Historia, en tanto que supuesta totalidad del devenir de los hombres, no tiene ningún mundo que pueda situarla en una existencia efectiva. Es una construcción narrativa a posteriori. Y, se acordará, por fin, que la subjetivación, que proyecta lo real en lo simbólico de una Historia, no puede ser sino imaginaria, por la razón capital de que ningún real se deja simbolizar tal cual. Lo real existe en un mundo determinado y bajo condiciones muy particulares sobre las cuales he de volver, pero es, como Lacan dijo una y otra vez, insimbolizable. Por tanto, lo real no se puede proyectar “realmente” en la narrativa simbólica de la Historia, sino sólo imaginariamente, lo que no quiere decir, ni mucho menos, que ello sea inútil, negativo o sin efecto. Muy al contrario, es en la operación de la Idea donde el individuo encuentra el recurso de consistir “en Sujeto”[6]. Así pues, se sostendrá lo siguiente: la Idea expone una verdad en una estructura de ficción. En el caso particular de la Idea comunista, operatoria cuando la verdad de la que se trata es una secuencia política emancipadora, se dirá que “comunismo” expone esta secuencia (y, por tanto, a los militantes de esta secuencia) en el orden simbólico de la Historia. Es más: la Idea comunista es la operación imaginaria por la cual una subjetivación individual proyecta un fragmento de lo real político en la narración simbólica de una Historia. En este sentido, es acertado decir que la Idea es (¡nos lo esperábamos!) ideológica[7].

            Es esencial hoy en día comprender bien que “comunismo” ya no puede ser el adjetivo que califique a una política. Este cortocircuito entre lo real y la Idea ha generado expresiones de las que hizo falta un siglo y medio de experiencias, a la vez épicas y terribles, para comprender que estaban mal formadas; expresiones como “Partido Comunista” o —y este es un oxímoron que la expresión “Estado socialista” intentaba evitar— “Estado comunista”. En este cortocircuito se puede ver el efecto a largo plazo de los orígenes hegelianos del marxismo. Para Hegel, en efecto, la exposición histórica de las políticas no es una subjetivación imaginaria: es lo real en persona; ya que el axioma crucial de la dialéctica tal y como él la concibe es “lo Verdadero es el devenir de sí mismo” o, lo que viene a ser lo mismo, “el Tiempo es el ser-ahí del Concepto”. Desde entonces, al parecer, se tiene fundamento para pensar que la inscripción histórica, bajo el nombre de “comunismo”, de las secuencias políticas revolucionarias o de los fragmentos dispares de la emancipación colectiva, revela su verdad, que es la progresar según el sentido de la Historia. Esta subordinación latente de las verdades a su sentido histórico entraña que se pueda hablar “en verdad” de políticas comunistas, de partidos comunistas y de militantes comunistas. Pero, como veremos, nosotros creemos que es preciso guardarse muy mucho de esta adjetivación. Para combatirla, muchas veces, he tenido que afirmar que la Historia no existe, lo cual concuerda con mi concepción de las verdades, a saber, que ellas no tienen ningún sentido, ni, sobre todo, el sentido de una Historia. Sin embargo, hoy me es necesario precisar este veredicto. Ciertamente no hay ningún real de la Historia y, por tanto, es verdadero, trascendentalmente verdadero, que ella no puede existir. Lo discontinuo de los mundos es la ley del aparecer y, por tanto, de la existencia. No obstante, lo que hay, bajo la condición real de la acción política organizada, es la Idea comunista, operación ligada a la subjetivación intelectual y que integra a nivel individual lo real, lo simbólico y lo ideológico. Debemos restituir esta Idea desligándola de todo uso predicativo. Debemos salvar la Idea, pero también liberar lo real de toda coalescencia inmediata con ella. Por Idea comunista sólo pueden ser señaladas, como potencia posible del devenir-Sujeto de los individuos, políticas de las que, en definitiva, sería absurdo decir que son comunistas.

            Por tanto, hay que comenzar por las verdades, por lo real político, para identificar la Idea en la triplicidad de su operación: real-político, simbólico-Historia, imaginario-ideología.

            Comienzo por recordar algunos de mis conceptos usuales, bajo una forma muy abstracta y muy simple.

Llamo “acontecimiento” a una ruptura en la disposición normal de los cuerpos y de los lenguajes tal que existe para una situación particular [El ser y el acontecimiento (1988) o Manifiesto por la filosofía (1989)] o tal que aparece en un mundo particular [Lógicas de los mundos (2006) o Segundo manifiesto por la filosofía (2009)]. Lo importante aquí es señalar que un acontecimiento no es la realización de una posibilidad interna a la situación o dependiente de las leyes transcendentales del mundo. Un acontecimiento es la creación de nuevas posibilidades. Se sitúa no simplemente al nivel de los posibles objetivos, sino al de las posibilidades de los posibles. Lo que puede decirse de la siguiente manera: con respecto a la situación o al mundo, un acontecimiento abre a la posibilidad de lo que desde el estricto punto de vista de la composición de esa situación o de la legalidad de ese mundo es propiamente imposible. Si nos acordásemos aquí de que para Lacan siempre tenemos la ecuación real = imposible, veríamos enseguida la dimensión intrínsecamente real del acontecimiento. También se podría decir que un acontecimiento es la llegada de lo real en tanto que posible futuro de sí mismo.

Llamo “Estado” o “estado de la situación” al sistema de restricciones que precisamente limitan la posibilidad de los posibles. Se dirá también que el Estado es quien prescribe en una situación dada lo imposible propio de esa situación, a partir de la prescripción formal de lo que es posible. El Estado es siempre la finitud de la posibilidad y el acontecimiento es la infinitización. ¿Qué es lo que constituye a día de hoy al Estado con respecto a los posibles políticos? La economía capitalista, la forma constitucional del gobierno, las leyes (en el sentido jurídico) que conciernen a la propiedad y la herencia, el Ejército, la policía… Se ve cómo, a través de todos estos dispositivos, de todos estos aparatos, incluidos, naturalmente, aquellos que Althusser llamaba “aparatos ideológicos de Estado” —y que se podrían definir por un objetivo común: el de prohibir que la Idea comunista designe una posibilidad—, el Estado organiza y mantiene, a menudo por la fuerza, la distinción entre lo que es posible y lo que no lo es. Así resulta claramente que un acontecimiento es algo que llega en tanto que sustraído a la potencia del Estado.

Traducción de Alejandro Arozamena



*Capítulo IV de L’Hypothèse Communiste, Circonstances 5, Nouvelles Éditions Lignes, 2009. En el preámbulo dice Badiou:

Nos encontramos ahora comprometidos en volver a poner en circulación la palabra “comunismo” junto con la hipótesis general que puede desarrollar los procedimientos políticos efectivos de ello. Del 13 al 15 de Marzo tuvo lugar, en Londres, una conferencia bajo el título general “La Idea del comunismo”. A propósito de esta conferencia se pueden hacer dos notas esenciales. En primer lugar, además de sus dos iniciadores (Slavoj Zizek y yo mismo), los grandes nombres de la verdadera filosofía contemporánea (quiero decir, aquella que no se reduce a ejercicios académicos o al sostenimiento del orden dominante) estaban fuertemente representados. En efecto, a estas tres jornadas se invitó a Judith Balso, Bruno Bosteels, Terry Eagleton, Peter Hallward, Michael Hardt, Toni Negri, Jacques Rancière, Alessandro Russo, Alberto Toscano, Gianni Vattimo. Jean-Luc Nancy y Wang Hui, que habían dado su acuerdo, no puderon venir por circunstancias exteriores. Todos ellos habían leído bien la condición puesta para la participación: sea cual sea la aproximación, se debía sostener que la palabra “comunismo” puede y debe reencontrar un valor positivo. La segunda nota es que el Instituto Birkbeck para las Humanidades, refugio providencial de esta manifestación, tuvo que reservar un gigantesco anfiteatro con un aforo de  mil personas para alojar al público, masivamente compuesto por jóvenes. Esta conjunta solicitud, de los filósofos y de su audiencia alrededor de una palabra prácticamente condenada a muerte por la opinión dominante desde hace por lo menos treinta años, sorprendió a todo el mundo. Hizo síntoma, de eso no hay duda. A este dossier sobre la hipótesis comunista añado, al final de este volumen, mi propia intervención a esta conferencia.

Ibid., pág. 32

[1] El motivo de Idea es un motivo que en mi obra aparece de manera progresiva. Sin duda está ya presente hacia el fin de los años ochenta, desde que en Manifiesto por la filosofía designara mi empresa como un “platonismo de lo múltiple”, lo que hace necesaria una reanudación de la meditación sobre lo que es una Idea. Esta meditación toma en Lógicas de los mundos una forma imperativa: la “verdadera vida” es pensada como vida según la Idea, contra la máxima del materialismo democrático contemporáneo que nos ordena vivir sin Idea. Examino más de cerca la lógica de la Idea en Segundo manifiesto por la filosofía, donde se introduce la noción de ideación y, por tanto, el valor operatorio o activo de la Idea. Todo ello se sostiene mediante un compromiso multiforme del lado de un renacimiento del uso de Platón. Citaremos aquí mi seminario que, desde hace dos años, lleva por título: “Para hoy: ¡Platón!”; el proyecto de una película La vida de Platón y la traducción integral (que yo llamo “hipertraducción”) de La República, renombrada Del(o) común(ismo), reestructurada en nueve capítulos, que espero acabar y publicar en 2010.

[2] La existencia rara de la política bajo la forma de secuencias que están condenadas a una cesación inmanente es muy fuertemente articulada por Sylvain Lazarus en su libro Antropología del nombre. Él llama a estas secuencias “modos históricos de la política”, definidos por un tipo de relación entre una política y su pensamiento. Mi elaboración filosófica de lo que es un procedimiento de verdad es muy diferente en apariencia (los conceptos de acontecimiento y de genericidad están totalmente ausentes del pensamiento de Lazarus). Sin embargo, he explicado en Lógicas de los mundos el porqué de que mi empresa sea compatible con la de Lazarus, que propone un pensamiento de la política hecho desde el punto de la política misma. Señalaremos que también para él, evidentemente, la cuestión de la datación es muy importante.

[3] Este aspecto de decisión, de elección, de voluntad [the Will], donde la Idea envuelve un compromiso individual, está cada vez más presente en los trabajos de Peter Hallward. Es característico el que, de golpe, las referencias a las revoluciones francesas y haitianas, donde esas categorías son más visibles, atraviesen ahora sus trabajos.

[4] En mi Teoría del sujeto, publicada en 1982, la pareja de la subjetivación y del proceso subjetivo juega un papel fundamental. Signo suplementario de que, como sostiene Bruno Bosteels en sus trabajos (incluida su traducción al inglés, también publicada con un notable comentario, de esta Teoría…), vuelvo poco a poco hacia ciertas de las intuiciones dialécticas de ese libro.

[5] Slavoj Zizek es, probablemente, el único pensador hoy que puede mantenerse simultáneamente más cerca de los aportes de Lacan y sostener con constancia y energía el retorno de la Idea del comunismo. Y es que su verdadero maestro es Hegel, del que da una interpretación completamente nueva, puesto que deja de subordinarla al motivo de la Totalidad. Digamos que hay dos maneras de salvar hoy en día la Idea del comunismo en filosofía: renunciar a Hegel, dolorosamente por lo demás y al precio de repetidos exámenes de sus textos (es lo que yo hago), o proponer un Hegel diferente, un Hegel desconocido, que es lo que hace Zizek a partir de Lacan (el cual fue de lejos, nos dirá Zizek, y lo fue explícitamente primero y secretamente después, un magnífico hegeliano).

[6] Vivir “en sujeto” se toma en dos sentidos. El primero es como en el “vivir en Inmortal”, máxima traducida de Aristóteles. “En” quiere decir “como si se fuera”. El segundo es topológico: la incorporación significa en efecto que el individuo vive “en” el cuerpo-sujeto de una verdad. Estos nudos son aclarados mediante la teoría del cuerpo-de-verdad con la cual se concluye Lógicas de los mundos, conclusión decisiva, pero, debo confesarlo, todavía compacta y bastante difícil.

[7] En el fondo, para entender bien la cansada palabra de “ideología”, lo más sencillo es quedarse lo más cerca posible de su formación: es “ideológico” lo que depende de una Idea.

[8] Que la Historia sea la historia del Estado es una tesis introducida en el campo de la intelectualidad política por Sylvain Lazarus, pero todavía no se han publicado todos sus desarrollos. Aquí todavía se debe decir que mi concepto ontológico-filosófico del Estado, tal y como se introdujo en medio de los años ochenta, está marcado por una procedencia (matemática) diferente y un destino (metapolítico) diferente. Sin embargo, la compatibilidad se mantiene sobre un punto capital; ningún procedimiento de verdad política puede, en su propia esencia, ser confundido con las acciones históricas de un Estado.