Brumaria 7 arte, máquinas, trabajo inmaterial

Trabajo autónomo, producción por medio del lenguaje y "general intellect"

Maurizio Lazzarato


A mis compañeros/as de exilio

Lo escritos que aquí se recogen son el resultado de un trabajo de investigación que, desde finales de los años ochenta, se ha puesto como objetivo la redefinición de la “naturaleza del trabajo” en el posfordismo [1]. La tradición teórica a la que remiten es la del operaísmo y la de la autonomía obrera, pero han sido elaborados en el “exilio”, por tanto siempre muy cerca y al mismo tiempo “lejos” de la situación italiana. La relación de complementariedad que las tesis que aquí se sostienen mantienen con las definiciones de “trabajo autónomo”, “producción por medio del lenguaje” y “general intellect” resultará evidente de inmediato. Y es justamente en dicha complementariedad en lo que quiero insistir en esta introducción, a fin de determinar ese “lugar común” que no sólo es su presupuesto, sino también a lo que tienden.
El trabajo autónomo

Las investigaciones de Sergio Bologna sobre el “trabajo autónomo” [2] constituyen con seguridad una contribución fundamental al análisis y a la definición del posfordismo en Italia.

Su insistencia en la descripción “sociológica” de la organización del trabajo (las empresas individuales, el trabajo autónomo asociado --cooperativo--, el “artesanado”, el trabajo autónomo de “segunda generación” --para distinguirlo de aquél otro por antonomasia de los comerciantes y de las profesiones liberales--, el self-employment de muchos desempleados e ‘inocupados’ [quienes no han desempeñado aún su primer empleo] de la era posfordista, las “pequeñas empresas” que producen servicios para las empresas, etc.) y su énfasis sobre los aspectos “económicos” y “financieros” (prolongamiento de la jornada laboral, degradación de las condiciones de trabajo, composición del “salario-rédito” según lógicas prefordistas) tienen una función directamente política: poner el acento sobre el trabajo autónomo como nuevo yacimiento de productividad y como forma renovada de la explotación. Me parece que la preocupación de Bologna es la de subrayar, frente al aspecto liberador e innovador que ponen en primer plano las teorizaciones del general intellect, el aspecto oscuro y trágico de las nuevas condiciones de producción. El posfordismo no es solamente “producción de mercancías por medio del lenguaje”, intelectualidad de masas, comunicación, sino también un retorno a formas de explotación prefordista. Incluso, parece decir Bologna, los trabajadores autónomos son más explotados que los trabajadores fordistas.

La exaltación de este aspecto “material” de la explotación y del “sufrimiento” corre sin embargo el riesgo de hacer pasar a un segundo plano la cualidad general de la relación social posfordista y del trabajo (del cual el “trabajo autónomo” es sólo una parte). La continuidad de la explotación no debe impedirnos apreciar la discontinuidad de sus formas de organización y de dominio.

Lo que separa el “trabajo autónomo” y el “artesanado” de la época fordista y prefordista del trabajo autónomo de segunda generación y el artesanado posfordista, es una socialización-intensificación de los niveles de cooperación, de los saberes, de la subjetividad de los trabajadores, de los dispositivos tecnológicos y organizativos, que redefine completamente los términos de la cuestión.

De la descripción de la organización del trabajo en el posfordismo que hace Bologna se podría deducir que está sucediendo una nueva “autonomización” del propio trabajo:

1) La continuidad temporal y espacial del proceso laboral y la continuidad de la remuneración (salario) se sustituyen por una discontinuidad fundamental que transforma profundamente el proceso laboral y las formas de constitución de la renta.

La jornada laboral se torna porosa, no en el sentido de una disminución cuantitativa, sino en el sentido de que “los trabajadores autónomos trabajan siempre”. En efecto, el trabajador autónomo, al interior de su jornada laboral, ya no tiene la posibilidad de reservarse espacios de no-trabajo, de “rechazo”, de “resistencia”, como permitía la continuidad de la relación salarial.

2) El corazón de esta nueva relación laboral ya no es la forma-salario, sino la forma-renta. Mientras para el salariado canónico el “principio de realidad” está representado por su patrón, el trabajador autónomo depende directamente de su banquero y del recaudador. El control es indirecto y financiero más que productivo.

3) El control continuo y directo de los “tiempos” y de los ritmos de trabajo se ha sustituido por el control discontinuo organizado de los encargos y del producto.

Si la continuidad de la disciplina de la fábrica se ejercía sobre una parte, definida “contractualmente”, de la vida, hoy el control “indirecto” se ejerce sobre la totalidad de la vida del trabajador autónomo. En una época de recuperación de la iniciativa capitalista, ésta es la forma que ha asumido la “libertad” del trabajador frente a la maldición de la fábrica.

Esta nueva “autonomización” del proceso productivo no tiene nada que ver con aquella contra la que el taylorismo se constituyó (la del trabajador profesional), apropiándosela y destruyéndola. Esta renovada “autonomía” del trabajo necesita ser caracterizada, porque es entorno a ella que se pueden abrir alternativas políticas.

a) El trabajo autónomo, si queremos utilizar esta definición, tiene una gran capacidad de cooperación, de gestión, de innovación organizativa y comercial y posee así capacidad “empresarial”.

b) El trabajo autónomo existe solamente bajo la forma de redes y de flujos. Su espacialidad es el territorio y la metrópoli. Su temporalidad coincide con el tiempo de la vida.

c) La nueva cualidad del trabajo autónomo nos obliga a un desplazamiento del análisis, del plano de la fenomenología del trabajo al de la comunidad de trabajo. Es imposible definirlo como actividad cooperativa fuera de la dimensión colectiva y de vida.

d) Esto quiere decir que lo que se pone a trabajar, antes que nada, son aquellas capacidades laborales genéricas (relacionales, comunicativas, organizativas) que, con un concepto foucaultiano, podríamos definir como “biopolíticas”.

Todo esto es tanto más cierto cuando se pasa, en el lenguaje de Bologna, del trabajo autónomo de los “distritos manufactureros” al trabajo que “produce servicios para las empresas”. La “autonomización” del trabajo (habiendo también aquí fuertes diferencias según los sectores) no está organizada sólo o principalmente en función de la reducción de los costes y de la flexibilización de la producción, sino más fundamentalmente para capturar la “externalidad” positiva y social que la cooperación produce y organiza espontáneamente [3].

La autonomía del trabajo posfordista no es solamente una intensificación de la explotación, sino también una previa intensificación de los niveles de cooperación, de saber y de comunidad que vacía y deslegitima las funciones de dominio de los empresarios y del Estado. Y es esta última dimensión la que marca la cualidad de la explotación, no a la inversa.

Esto significa que la nueva naturaleza del trabajo atraviesa, reorganizándolo, el conjunto de la sociedad capitalista, cambiando incluso el carácter del trabajo asalariado clásico. Hay un “trabajo autónomo” de la gran empresa que sirve para jerarquizar y reorganizar el proceso laboral, la relación con el mercado, la gestión de la innovación, etc.

Conviene por tanto tomarse en serio lo que Bologna parece decirnos, esto es, que el capitalismo ha consistido siempre en una coexistencia de diversos modos de producción dominados, organizados y explotados por el más “desterritorializado” (abstracto, según la definición marxista). Esta realidad se ve exaltada en el modo de producción posfordista, el cual se presenta como un cúmulo de modos de producción que comprende incluso formas de trabajo servil y precapitalista.

Pero ¿cuál es el modo más desterritorializado (abstracto) que actualmente dirige y captura a los otros? Es justamente aquél que exalta la “autonomización” del trabajo que habíamos indicado. Son justamente los elementos más desterritorializados (abstractos) de la nueva naturaleza del trabajo los que confluyen en los aparatos de captura (comunicativos-financieros) para capitalizar los más diversos tipos de trabajo y subjetividad [4]. La capacidad profesional del “empresario político” (por diferenciarlo del empresario schumpeteriano) no sólo consiste --o ya no consiste-- en explotar un monopolio tecnológico o comercial o en gestionar racionalmente una nueva aplicación de la ciencia a la producción de mercancías. Y no consiste ni siquiera solamente en la explotación del trabajo “servil”. La verdadera cualidad del emprendedor político es la de lograr poner en secuencia segmentos de trabajo que no están situados en continuidad, capturando de esta forma la externalidad que produce la cooperación productiva o, más en general, la “comunidad”.

La tesis que Bologna sostiene desde hace años, esto es, que el trabajo autónomo representa la forma específica del trabajo de la época posfordista, podría ser ampliada y redefinida como una tesis sobre la “autonomía” y la independencia de las formas de cooperación y de “comunidad” del proletariado que se ha “liberado” del fordismo. Y si bien en Italia son los trabajadores autónomos de los distritos industriales quienes ejemplifican estas formas, a pesar de ello no pueden todavía ser reducidos unidimensionalmente a una sola figura jurídico-sociológica.

El trabajo de Bologna plantea otro reto a la situación italiana: la necesidad de reinventar la metodología de la “encuesta obrera”, transformando su carácter al nivel de la cooperación productiva y de la “comunidad” (con sus componentes lingüísticos, relacionales, de división sexual), que son los presupuestos directamente productivos del posfordismo.
Producción de mercancías por medio del lenguaje

La dimensión colectiva, social, intelectual (en una palabra, “biopolítica”) del trabajo posfordista está en cambio fuertemente subrayada en las aportaciones de Christian Marazzi [5]. Más allá de la cooperación productiva propiamente dicha está la comunidad en cuanto tal que la organización posfordista explota. Según Marazzi, esta nueva fase del capitalismo podría ser descrita como desarticulación y destrucción de la comunidad, rearticulada y reconstruida según los imperativos de la empresa.

La subsunción de la comunidad bajo la lógica capitalista es por tanto antes que nada subsunción de los elementos lingüísticos, políticos, relacionales, sexuales que definen a aquélla. Este proceso se realiza de manera visible y completa en la economía de la información, donde se pone a trabajar lo que es más “común” a los hombres: el lenguaje y la comunicación.

Tras haber descrito el modo de producción posfordista, Marazzi se plantea el problema de cómo redefinir la distinción entre “trabajo vivo” y “trabajo muerto” en este nivel de socialización. ¿Cómo volver a determinar al nivel de la comunidad la “diferencia” marxiana que permite comprender la distancia entre dominio capitalista y autonomía de la cooperación social y productiva?

Coherentemente con sus propias hipótesis, Marazzi busca determinar el concepto de trabajo vivo a nivel lingüístico. Si “la cualidad del trabajo no consiste sólo en la formación profesional adquirida, sino también, al menos en parte, en la producción de ‘plus-comunidad’, de un excedente de relaciones sociales durante el proceso laboral”, entonces el dominio sobre el trabajo ajeno es dominio del trabajo lingüístico, y ello “requiere estructurar jerárquicamente en su interior esta facultad que es común a todos, esta capacidad laboral que se da en el ‘ejercicio mismo de la comunidad’” [6].

Si aceptamos hasta el fondo lo que dice Marazzi, entonces la producción de valor tiende a identificarse cada vez más con la producción de eticidad. ¿La producción “ética” como fundamento de la producción capitalista? La hipótesis es absolutamente fascinante.

Su uso de la relación que Ferruccio Rossi-Landi [7] establece entre lenguaje y trabajo (homología entre los artefactos lingüísticos y los artefactos de la producción material), debería hacer emerger la dimensión público-colectiva que está en la base tanto del “trabajo” como del “lenguaje”.

Pero ¿es suficiente esta recuperación del concepto de “producción lingüística” mediada por el trabajo para responder a la pregunta planteada? Pensamos que introducir las dimensiones sociales, colectivas, “públicas”, no es de por sí suficiente para explicar la producción de la lengua. Es cierto que estas dimensiones están presentes en la lingüística desde su origen (Saussure). Pero lo que por sí solas no logran determinar es la relación entre la dimensión “sincrónica” (estructura) de la lengua y la dimensión “diacrónica” de la palabra (creación). En síntesis, lo que la lingüística no logra explicar es por qué una lengua cambia y se transforma.

Se trata en efecto de determinar el “surplus” de la “producción” lingüística que produce las nuevas expresiones, los nuevos lenguajes, y por tanto los nuevos valores de las nuevas formas de vida; y este surplus no puede sino ser un acto creativo. La homología entre trabajo y lenguaje nos da la estructura, esto es, los presupuestos “histórico-sociales” de la lengua, pero no las condiciones materiales y formales del proceso de creación. La propuesta teórica de Rossi-Landi del “lenguaje como trabajo y como mercancía” es una traducción marxista del concepto de “producción social” aplicado al lenguaje pero que no logra salir de la estructura [8]. El problema es definir el trabajo vivo, no el trabajo. Si lo que Marx se plantea es la cuestión de cómo determinar las condiciones para salir del concepto y de la realidad del trabajo (siendo los conceptos de fuerza de trabajo y trabajo vivo los que marcan la diferencia de la economía política), para nosotros el problema se plantea del modo siguiente: cómo salir del lenguaje.

Mijail Bajtin nos indica, desde el interior de la revolución soviética, una pista interesante: sitúa la valoración social en el centro de una teoría de la enunciación [9].

Bajtin no se limita a la definición público-colectiva del lenguaje, sino que plantea el problema de los valores y del sentido como su fundamento. La operación teórica de Bajtin podría ser definida como una manera de introducir la “filosofía de los valores”, de nietzscheana memoria, en la lingüística. Como en Nietzsche, las valoraciones, por un lado, presuponen los valores a partir de los cuales apreciar los fenómenos, pero, por otro lado, y de un modo más profundo, son los valores los que presuponen las valoraciones, los “puntos de vista”, de los cuales derivan los valores mismos. Y valores y valoraciones remiten a formas de vida específicas.

Mientras la lingüística abstrae de la valoración social, Bajtin construye toda su teoría de la enunciación (y de la estructuración fonética, gramatical, sintáctica y de los géneros del discurso) [10] sobre ella. La valoración social se expresa a través de “materiales diferentes” (el cuerpo, la voz-entonación, la lengua, el discurso), y puede ser considerada bajo un doble aspecto, activo y pasivo: el mundo de los valores constituye el horizonte (pasivo) del que la valoración depende, pero activamente estos mismos valores constituyen la trama sobre la que la valoración social, resonando “en ella un desafío al enemigo y una llamada a los amigos”, crea nuevos valores.

No basta por tanto con introducir la dimensión de la valoración social y el mundo de los valores y del sentido, sino que se debe determinar “quién y cómo” producen nuevos valores en oposición a los valores existentes. La teoría de la valoración social, para ser una teoría de la creación verbal y de la invención de nuevos modos de vida, debe comprender también una teoría del devenir y del acontecimiento. De otro modo, introducir el contexto y la situación extraverbal, que es lo que la lingüística hace a continuación para intentar captar este “surplus” de relaciones, no servirá sino para legitimar los valores existentes.

Introducir la valoración social debe por tanto facilitar comprender la comunicación como acontecimiento. Y esto distingue radicalmente la producción material de la producción del medio ambiente ideológico y del acto comunicativo. En lugar de extraer las constantes lingüísticas, Bajtin resaltará las variables: en lugar de trabajar para una ciencia de la universalidad del lenguaje y de los trascendentales de la competencia comunicativa, lo hará en favor de una “ciencia de la singularidad”.

“La comunicación práctica cotidiana tiene el carácter de un acontecimiento, y el intercambio verbal más insignificante es partícipe de esta continua formación del acontecimiento. En este proceso de formación, la palabra vive una vida intensa, aunque sea diferente de aquella que reside en la obra de arte” [11].

Pero ¿qué es la valoración social y cuál es su papel en la lengua o, más precisamente, en el “acto de palabra” que se produce como acontecimiento? Bajtin llama valoración social justamente a:

“la actualidad histórica que une la unicidad del acto de palabra (¿) con la generalidad y la [pienezza] de su significado, que individualiza y concretiza el significado y comprende el sentido de la presencia fonética de la palabra aquí y ahora” [12].

La valoración social es aquello que garantiza la relación entre signo y significado, pero al mismo tiempo es el elemento que el lenguaje no puede contener ya que lo excede continuamente. La valoración social, y también aquí se impone un paralelismo con Nietzsche, no introduce solamente los valores y el sentido en lingüística, sino sobre todo el elemento plástico, la fuerza que crea los valores:

“Este ligamen orgánico del signo y el significado no puede convertirse en léxico, gramatical, fijo y estable en formas idénticas de transmisión, o sea, no puede convertirse él mismo en un signo o un momento fijo del signo, no puede gramaticalizarse. Este ligamen se crea para destruirse y crearse de nuevo pero ya en forma nueva, en las condiciones que representan un nuevo acto de palabra” [13].

Sólo la fundación ética del lenguaje (aunque en Bajtin se debería hablar de la enunciación) en el acontecimiento de su continua creación puede permitirnos salir de la autorreferencialidad del lenguaje. Si la producción posfordista tiende a identificarse con la producción “lingüística”, entonces es necesario vérselas en gran medida con esta fantástica anticipación bajtiniana, según la cual la estructura se revierte en creación continua de nuevas formas de vida y de expresión, y la valoración estética, política, ideológica (y no la dimensión lógico-denotativa) es el fundamento de la relación mundo-lenguaje. El concepto de trabajo vivo puede quizá encontrar aquí una definición de “fuerza activa” en la constitución del medio ambiente, del producto y de las relaciones “ideológicas” que en la economía de la información, definitivamente, “se ponen a trabajar”.

El general intellect

La revista Luogo Comune ha servido de puente con el punto de vista teórico-político de los años setenta reabriendo el debate en torno al general intellect y al sujeto político adecuado para el actual nivel de socialización de las fuerzas productivas: la ‘intelectualidad de masas’. Estas tesis son suficientemente conocidas. Lo que nos interesa son las paradojas que el general intellect determina y la manera ejemplar en la que éstas se afrontan en el trabajo de Paolo Virno.

Para Virno, la razón de la ruptura de las fronteras entre Trabajo, Acción y Lenguaje ha de buscarse en el nuevo carácter del trabajo posfordista, que no se identifica con un saber particular (o con condiciones sociológicas específicas) sino con una facultad que hace posible cada obra y cada experiencia: la facultad del lenguaje, la disposición al aprendizaje, la capacidad de abstraer y poner en relación, la inclinación a la autorreflexión.

“El trabajo toma el aspecto de una actividad sin obra, asemejándose en todo a aquellas ejecuciones virtuosísticas que se basan en una evidente relación con la presencia de otros” [14].

Estas características del virtuosismo (ejercicio de una “facultad singular”, “actividad sin obra” y relación con el otro) encuentran una ejemplificación evidente en la relación que existe entre la “potencialidad de una lengua y la ejecución de una enunciación contingente e irrepetible”. Es en el lenguaje y en la competencia enunciativa donde se pueden individuar las paradojas del general intellect, porque es allí donde reside el virtuosismo como una “facultad” que está más allá de la división entre “manual” e “intelectual”, entre trabajo y acción, constituyendo al mismo tiempo los recursos más eminentes de la producción capitalista. El lenguaje y la competencia comunicativa, a la vez que abren, en las condiciones del general intellect, al “milagro” (acontecimiento) de un “esperado imprevisto” y a un arte de lo posible, también reproducen las condiciones del “eterno retorno” del valor y del dominio capitalista. El lenguaje se convierte por tanto, en Virno, en el rompecabezas paradójico de la subsunción real: la autorreferencialidad que el lenguaje siempre presupone es la misma que la producción mágica del valor que produce plusvalía no presuponiendo nada que no sea él mismo (D-D’, según la célebre fórmula marxiana, en la que toda relación con el trabajo vivo queda cancelada y mistificada. Autoproducción y automovimiento del valor-lenguaje, que devuelve continuamente la heterogeneidad a lo idéntico).

Nos parece que el trabajo de Virno, a través de la crítica del fundamento lógico-denotativo del lenguaje, se concentra en determinar las condiciones que hacen posible la salida del círculo infinito de la autorreferencialidad, y por tanto en la necesidad de definir los límites del lenguaje antes que su potencia representativa. La afirmación materialista del exceso del mundo respecto al lenguaje (y al valor), Virno la define como “sensible no-empírico”.

Las “petites perceptions” leibnizianas contribuyen a clarificar la noción de sensible no-empírico. Pero ésta remite también, contemporáneamente, a la experiencia ordinaria de la metrópoli:

“En la época en la que el saber abstracto prefigura apodícticamente, con sus convenciones y sus procedimientos, todos los elementos de la acción, la exhuberancia de las pequeñas sensaciones en la esfera de la autorreflexión escapa a la comprensión de lo singular: ellas perciben bastante más de lo que no perciben. Se trate de un lugar de trabajo dominado por las tecnologías informáticas o por la recepción de los medios de comunicación, se está igualmente siempre rodeado de señales y de impresiones que no se dejan conducir a síntesis por parte de un sujeto autoconsciente” [15].

Pero lo sensible no-empírico, al exceder continuamente el lenguaje, rompe la clausura en sí mismo que la autorreferencialidad del lenguaje pone siempre como límite insuperable del mundo y de la subjetividad, y abre a nuevas formas de constitución del mundo y de la subjetividad.

Los resultados del trabajo de Virno abren a múltiples desarrollos. Si la introducción del lenguaje en el mundo no tiene principalmente una función denotativa y referencial, entonces, como nos propone Félix Guattari, podría configurarse como una pragmática de la “puesta en existencia”:

“[La lengua sale de sí misma] no solamente para registrar, al interior de los enunciados, las posiciones subjetivas generales --aquellas de los deícticos-- o para contextualizar el discurso, sino también y sobre todo para hacer cristalizar las singularidades pragmáticas, catalizar los procesos de singularización más diversos (recorte de Territorios sensibles, despliegue de Universales incorporales...)” [16].

Es evidente ahora que la pragmática de la “puesta en existencia” no es un privilegio exclusivo de la lengua: “todos los otros componentes semióticos, todos los procedimientos de codificación naturales y maquínicos concurren ahí”.

En este punto se podría decir que el linguistic turn [el giro lingüístico], que define la categoría y la praxis en lo que se refiere al binomio lenguaje-mundo, es la “verdadera” ideología de la subsunción real. Si el proceso de subjetivación capitalista confiere un papel central al significante lingüístico, “es porque constituye un apoyo esencial a la lógica del equivalente general y a su política de capitalización de los valores abstractos del poder” [17].

Destituir el imperio de lo simbólico-significante sobre el que se funda el actual “paradigma comunicativo”, abriendo a otros regímenes de semiotización, es hoy un problema político. Pero también definir lo “sensible no-empírico” (el otro del lenguaje y del pensamiento) como cuerpo va en este sentido. El cuerpo precisamente no entendido de manera empírica, sino como apertura al mundo de las fuerzas. El cuerpo como fuerza, pero una fuerza que ya no se refiere a un centro y a un sujeto, sino que se confronta solamente a otras fuerzas “a las que afecta o que le afectan”. Antes que el paradigma lenguaje-mundo, preferimos la relación fuerza-signo que, como hemos visto en Bajtin, abre a una ética del acontecimiento y de la creación.

Podríamos así religarnos, en un salto lógico, con las reivindicaciones y las formas de lucha biopolítica que nos parece poder entrever en las huelgas francesas de otoño de 1995.

Conclusiones

La complejidad y la complementariedad de las definiciones del posfordismo que aquí sólo hemos esbozado deberían verificar su pertinencia en la anticipación teórica de un terreno posible de recomposición política. El modo de producción posfordista no puede ser descrito sencillamente como “producción flexible”, alargamiento de la jornada de trabajo, difusión territorial del trabajo, etc. (definiciones todas ellas parcialmente correctas), sino antes que nada como una activación de diferentes modos de producción (“materiales” e “inmateriales”) y por tanto de diferentes formas de subjetividad (prefordista y posfordista) que son sin embargo dominadas y organizadas por la forma más abstracta y dinámica del trabajo y de la subjetividad, para cuya forma paradigmática, desde el punto de vista de la economía, podría estar representada por el concepto de “relación de servicios”. Como siempre, no es el peso cuantitativo de un modo de producción o de una relación social, sino su posición estratégica y tendencial en la división internacional del trabajo, lo que define el dinamismo y la hegemonía. Una hipótesis de recomposición no puede definirse solamente como reversión de las formas dadas de organización del trabajo, debe situarse sobre su mismo nivel de abstracción y desde ahí anticipar las evoluciones, las alternativas y las virtualidades. Por esta razón me parece que todo aquello que, por comodidad, definimos como “biopolítico” puede por una parte impactar en la tendencia de desarrollo del capitalismo sobre su mismo terreno, y por otra parte “expresar” la multiplicidad de formas de vida, de producción y de subjetividad del proletariado mundial.

El debate italiano ha definido de manera rica la “fenomenología” y la “ontología” del posfordismo. Pero para avanzar ahora en la investigación no se podrá evitar ofrecer una primera anticipación de una posible recomposición/singularización de la nueva naturaleza de las relaciones sociales.

“Lavoro autonomo, produzione a mezzo di linguaggio e ‘general intellect’”, introducción a Maurizio Lazzarato, Lavoro immateriale. Forme di vita e produzione di soggettività, Ombre Corte, Verona, 1997. Traducción castellana de Marcelo Expósito, revisada por Joaquín Barriendos.

[1] [Recordemos de entrada que este escrito es la introducción a la compilación italiana de los principales textos de Maurizio Lazzarato sobre el ‘trabajo inmaterial’ elaborados durante los años noventa, ver nota final de esta traducción (NdT)]. Estos escritos también han acompañado y son frecuentemente el fruto de un verdadero trabajo de encuesta sobre algunas realidades de la “economía de lo inmaterial”. Los resultados de este trabajo están ya recogidos en las siguiente publicaciones: Maurizio Lazzarato y Antonio Negri, Benetton-Sentier: des entreprises pas comme les autres, Publisud, París, 1983 (investigación sobre el sector del vestido); Maurizio Lazzarato y Antonio Negri, Le bassin du travail inmaterial dans la metropole parisienne, P.U., París, 1992 (investigación sobre los sectores de la producción televisiva, de la moda, de la fotografía y de la publicidad); Maurizio Lazzarato y Antonio Negri, Du service à la relation de service, M.I.R.E., París, 1994 (trabajo introductorio a una investigación sobre los servicios); estas dos últimas investigaciones han estado recogidas recientemente en Antonella Corsani, Maurizio Lazzarato, Antonio Negri, Le bassin du travail immateriel (B.T.I.) dans le metropole parisienne, L’Harmattan, París, 1996.

[2] Cfr. en particular Sergio Bologna, Problemáticas del trabajo autónomo en Italia (I) y (II), respectivamente en Altreragioni, nº 1, 1992, págs. 11-32 y nº 2, 1993, págs. 215-239.

[3] Aquí el punto de vista sobre el que nuestra “tradición” se ha constituido (“primero la clase, luego el Capital”) se ha desplegado por completo socialmente, y por tanto se ha visto reafirmado metodológica y políticamente.

[4] Es por esta razón que, socialógicamente hablando, la “relación de servicio” se convierte en el modelo de toda la producción (incluso de la industrial). Es la forma más adecuada para organizar y capturar las relaciones, sean productivas, comerciales, comunicativas, de saber o, más genéricamente, sociales.

[5] Cfr. Christian Marazzi, El sitio de los calcetines (1994), Akal, Colección Cuestiones de Antagonismo, Madrid, 2003. Este trabajo sobre el posfordismo es quizá la síntesis más completa de la que disponemos sobre el tema.

[6] Christian Marazzi, “Produzione di merci a mezzo di linguaggio”, en Futuro Anteriore, III-IV, 1995, págs. 148-149.

[7] El texto de referencia es, obviamente, el notable Il linguaggio come lavoro e come mercato, Bompiani, Milano, 1973 (2ª).

[8] Aquí podría ser útil recordar la posición de Bajtin cuando critica a los “marxistas” por su precipitado “paso del fenómeno ideológico a las condiciones del ambiente productivo socioeconómico, que les hace subestimar la particularidad de los objetos ideológicos en aquello que los distingue: 1) de los cuerpos físicos, o, en general, naturales, 2) de los instrumentos de producción y, al fin, 3) de los productos de consumo” (Mijail Bajtin, Il metodo formale nella scienza della literatura, Dedalo, Bari, 1980, pág. 66 [castellano: El método formal en los estudios literarios, Alianza, Madrid, 1994]. La crítica de Bajtin no niega la determinación social del lenguaje (cuestión que él articulará de modo profundo y original), sino que se refiere a la incapacidad de explicar, sobre esta base, la creatividad del acto lingüístico.

[9] ¡Y no, cuidado, del lenguaje! El desplazamiento no puede ser más radical en relación a las tradiciones filosófico-lingüísticas que sitúan el problema de la creatividad y de la subjetividad al interior del binomio mundo-lenguaje.

[10] “En el acto de palabra cada elemento del lenguaje, como material, satisface la exigencia de la valoración social” (Mijail Bajtin, Il metodo formale nella scienza della letteratura, op. cit., pág. 268). El fundamento ético del lenguaje está presente también en la tradición de la filosofía analítica, de la cual Rossi-Landi forma parte de todas maneras. Pero a diferencia de Wittgenstein, en quien este fundamento está determinado desde el punto de vista filosófico, en Bajtin la ética determina concretamente todos los materiales y las formas del lenguaje y del discurso.

[11] Ibídem, pág. 218. Como dirá Bajtin en otra ocasión, el discurso es el “escenario” del acontecimiento comunicativo.

[12] Ibídem, pág. 266. “El ligamen entre signo y significado en una palabra tomada aisladamente, independientemente de un acto de palabra concreto, en una, por así decir, ‘palabra lexical’, es absolutamente casual y técnico. Diferente es la situación si se toma un acto de palabra concreto y unitario, aunque esté formado de una sola palabra. Este acto de palabra organiza la comunicación, orienta a una reacción y a una respuesta, responde a algo; está estrechamente entretejido con el advenimiento de la comunicación. No solamente tiene valor histórico y social el significado de un acto de palabra, sino que también lo tiene el hecho mismo de haberlo pronunciado, y en general el haberlo realizado aquí y ahora, en circunstancias dadas y en un momento histórico dado, en las condiciones de una situación social dada”. Lo que interesa a Bajtin es precisamente la relación entre el valor histórico-social y el acontecimiento, que es lo que le permite anticipar, ya en la década de 1930, una teoría de los “actos lingüísticos”.

[13] Ibídem.

[14] Paolo Virno, “Virtuosismo e rivoluzione”, en Luogo Comune, nº 4, 1993, pág. 22; recogido en Mondanità. L’idea di ‘mondo’ tra esperienza sensibile e sfera pubblica, Manifestolibri, Roma, 1994, pág. 112 [castellano: “Virtuosismo y revolución”, Virtuosismo y revolución. La acción política en la era del desencanto, Traficantes de Sueños, Madrid, 2003; accesible online en <http://www.traficantes.net>].

[15] Paolo Virno, Parole con le parole. Poteri e limiti del linguaggio, Donzelli, Roma, 1995, pág. 116 [castellano: Palabras con palabras. Poderes y límites del lenguaje, Paidós Argentina, Buenos Aires, 2004].

[16] Félix Guattari, Cartographies schizoanalitiques, Galilée, París, 1989, pág. 60 [castellano: Cartografías esquizoanalíticas, Manantial, Buenos Aires, 2001].

[17] Ibídem.