La verdad de la apariencia

Written by admin enero 2nd, 2013

Close
Email to someoneShare on Facebook0Tweet about this on Twitter0

 

 

Marc Richir

“La verdad de la apariencia”: tal es el problema que debe afrontar toda reflexión estética. Problema considerable y, sin duda, tan viejo como la filosofía. Es decir, tan viejo como esa institución simbólica de pensamiento y de lenguaje en la que se plantea explícitamente la cuestión de la verdad. Inútil insistir en el hecho de que la verdad se opone, por costumbre, a la apariencia y que, la mayoría de las veces, la apariencia sólo se piensa como tal (es decir, en toda su dificultad) como apariencia de verdad, a saber: como ilusión. La inversión de la cuestión en “la apariencia de la verdad” permitiría encontrar apoyos en la gran tradición filosófica, de Platón y Aristóteles a Kant y Hegel, pues se trata, en una palabra, del problema de la dialéctica -cómo desbaratar las apariencias o ilusiones de la verdad, cómo hacer valer nuestra astucia con las mentiras de aquello que tiene el aspecto de darse como lo verdadero. Es decir, siempre tan rápidamente y, por lo tanto, tan aproximadamente que la verdad es pensada como si se hallara más allá de las apariencias, más allá de sus juegos de espejos, en un “lugar” no solamente metadóxico sino también metafenoménico -según el juego extremadamente complejo que tiende a identificar la “ingenuidad” comprendida o capturada con aquello que se manifiesta “ante todo y las más de las veces” en la imprecisión y en la inmediatez relativas, no solamente de las “opiniones” generalmente recibidas en una sociedad, sino también de las “evidencias” perceptivas, donde la “determinante” social parece disimularse –un árbol es un árbol, o eso parece, tanto para los chinos como para nosotros. La verdad es muy tempranamente concebida no tanto como la adecuación, que es una segunda versión o, por así decir, una versión degradada, sino como el acuerdo, por lo general armónico, del pensamiento humano con lo que se supone su afuera. Como se sabe, la dificultad es inmediata puesto que para el pensamiento no hay otro medio de acceder a su afuera que mediante el pensamiento mismo. Eso en seguida se traduce por el hecho de que el pensamiento no puede reconocer su afuera sin haberlo identificado previamente, lo que precisamente hace al pensarlo como “ser” o como “realidad”. En toda la filosofía clásica existe esa circularidad simbólica en virtud de la cual el ser, o la “realidad”, siguen siendo su afuera, que debe ya haber pensado a sus espaldas para reconocerlo como tal, y no como un otro, desde que se presenta a ella. Ahí se sitúa, desde Parménides hasta Hegel, el abismo de lo yo llamo la tautología simbólica del ser y el pensar: el pensamiento, cuando verdaderamente piensa, lo que piensa es el ser, y cuando el ser se presenta verdaderamente al pensamiento no lo hace más que como pensamiento verdadero, sin que jamás tengamos, he ahí la circularidad simbólica de la tautología simbólica, criterio externo a éste último, criterio que fuera puro criterio metasimbólico de “verdad”. Vale decir que la verdad es coextensiva a una fe simbólica en esta tautología simbólica, y que hacer filosofía es, desde los griegos, vivir bajo el horizonte de esta fe: es creer que existe un cierto modo de vida en el que el pensar estará en un acuerdo armónico y armonioso con el ser. Y bajo este ángulo, el giro heideggeriano de la filosofía no cambia gran cosa en el sesgo fundamental del problema, puesto que, suponiendo que la verdad sea, radicalmente, aletheia, desvelamiento, y lo sea más allá de todo discurso lógico o simplemente cognitivo, volviéndolas a poner en cuestión en las profundidades del existir humano, aún se haría necesario presuponer que existan comportamientos o situaciones en que lo humano sea susceptible de ser de alguna manera “fulminado” por el claro (Lichtung) de la verdad. Cuando, tardíamente (en el seminario de Zähringen), Heidegger escribe que la fenomenología, tal y como él la concibe, es tauto-logía, logos de lo Mismo donde se acuerdan y articulan pensar y ser, está más en el corazón de la aventura del pensamiento clásico que siendo el anunciador de una nueva era del pensamiento, pero también está en el núcleo de su dificultad de principio, rizando el rizo con el genio que se le reconoce como sólo suyo. Y cuando dice, en el mismo texto, que la fenomenología no puede serlo sino de lo inaparente, nos está llevando, en cierto sentido y según el clásico movimiento, más allá de la apariencia. Así pues, más bien nos invita a una relectura de los grandes clásicos antes que a una persecución de la fenomenología, de la que buena parte del sentido fundador se habría perdido para siempre.

 

Seguir leyendo PDF

 

Posted in news

No Comments