| GLOBALIZACIÓN:
TODA LA BASURA EN UNA SOLA PALABRA
Václav Belohradsky, Universidad de Trieste |
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Umberto Eco decía lo siguiente acerca del famoso humorista italiano Achille Campanile: “él nos enseña cómo quedamos atrapados en la maraña del lenguaje con el que se nos habla”. En su Manual de Conversación, Campanile nos cuenta la historia de un tal profesor Codaro que puso un anuncio en la prensa en el que afirmaba que podía transformar rápidamente a cualquier persona en un orador de éxito. En su clase, que se vio inundada por clientes interesados, el profesor reveló su fórmula mágica. Era muy sencillo: se debe anunciar con fervor en cada momento y oportunidad que se nos presente, al hablar de cualquier cosa, hecho o acontecimiento que, a) tales hechos nos dan una razón para tener fe en el futuro y que b) debemos verlos, independientemente de lo que estemos hablando, no como un objetivo o un final sino como un nuevo comienzo. De este modo, por ejemplo, el director de una compañía podría anunciar logros de gran éxito diciendo que ahora es el momento de mirar al futuro de manera positiva y pedir a todos los presentes que vean este momento no como el final de sus esfuerzos sino como el comienzo de una nueva era en el crecimiento de la organización. Los miembros de un partido político al hablar en el funeral de un compañero del partido, podrían anunciar que la muerte de este hombre singular no sólo era un final sino el comienzo de una nueva vida, ya que el partido que se había quedado huérfano seguiría sus pasos y así se podría mirar el futuro con confianza. La multitud que le escuchaba se quedó agradablemente sorprendida: dado que es así de fácil, todos podemos convertirnos en buenos oradores, se acabaron los tartamudeos en público, hemos logrado nuestro objetivo. “Esto no será vuestro punto de llegada, sino un punto de partida, el comienzo de vuestra nueva vida pública” dijo el profesor Codaro, a lo que la multitud contestó con un aplauso lleno de admiración. Recontextualización: Cómo recargar contextos descargadosAchille Campanille se ríe aquí de la trampa lingüística en la que sigue cayendo de forma irremediable la sociedad moderna. Y aquí yo me refiero a la necesidad obsesiva e insaciable de “recargar” contextos agotados (descargados), para reelaborar todos nuestros finales como nuevos comienzos, nuevos puntos de partida. El lema de la modernidad consiste en el poder redentor de lo Nuevo, que irrumpe en el Presente como la fuerza revolucionaria que transforma el mundo del futuro en algo completamente diferente a lo que fue en el Pasado. Así, la imprenta, que desbancó a la cultura oral, fue una invención revolucionaria, al igual que la máquina de vapor, que desbancó a la energía animal y humana, o Internet, que está transformando al mundo en un enorme mercado de información, mitificación y grupos de discusión. El arquetipo de cada fe en el poder redentor de lo Nuevo es la fe cristiana en la palabra revelada por Dios que otorga un “nuevo punto de partida a toda la humanidad”. La fuerza perturbadora de lo Nuevo que separa el futuro del pasado y que constituye la esencia de cualquier época moderna, se comprime con frecuencia en una fórmula incendiaria, una abreviatura que domina toda una época. Son los “mitos de una sola palabra”, un término acuñado por el filósofo checo Bretislav Horyna para indicar aquellos mitos modernos que no son narrativos, sino slogans a los que no se puede hacer frente fácilmente, ya que contrariamente a lo que sucedía con los antiguos, no es posible introducirse en ellos para reconducirlos de forma subversiva desde dentro. La palabra más agresiva de los mitos de una sola palabra es hoy en día la omnívora palabra “globalización”. La fuerza revolucionaria del Presente transforma despiadadamente los contextos pasados en naufragios semióticos a los que se les rechaza como “prejuicios”. Cualquier impresión, experiencia, información, hecho o punto de vista sólo puede servir de guía cuando se contextualiza, permitiéndonos elegir, establecer prioridades o encontrar justificaciones. Un contexto que no está agotado transforma los hechos y la información en energía, organiza nuestras impresiones, nos motiva a superar los obstáculos y nos conduce a comunicarnos con los demás. Incluso el simple hecho de mirar el paisaje requiere una motivación para distinguir entre el fondo y los elementos situados en él, dirigir nuestra atención hacia lo que nos atrae, concentrarnos en aquello que nos parece importante y todo ello requiere energía. Un contexto está agotado cuando la información ni nos motiva a actuar ni suscita energía alguna en nosotros. La información, las impresiones y las experiencias en contextos agotados desaparecen y tan sólo unas pocas logran encontrar un lugar en nuevos contextos y sobrevivir a nuevas circunstancias. Los contextos agotados se reinterpretan como documentos de la evolución humana, son los libros de texto y museos establecidos en orden cronológico que se enseña a los escolares a contemplar como su pasado. La sociedad post-industrial es una red en la que todos los grandes contextos del Pasado agotados, borrados o recargados se entretejen y se rompen, se gastan y se interrelacionan, debilitándose o reforzándose mutuamente. Pueden unificar a grupos de gente relativamente homogénea durante breves periodos de tiempo, pero no pueden convertirse en nuevos puntos de partida para movimientos de masas que los motiven a luchar por “un futuro mejor”. En la era de la globalización los contextos se desgastan pronto y la gente se pierde entre los montones de contextos agotados que ahogan sus ciudades. Estos contextos agotados se convierten en las periferias interminables de las metrópolis globales, frecuentadas a menudo por refugiados de culturas a las que se tacha de ilegítimas. La información que se recibe y los hechos que ocurren en estos contextos desorientan a los individuos, erosionando la noción de la sociedad como un todo, que la gente necesita tener para poder actuar “en bien del el interés general”. La información y los hechos que se escapan de estos contextos deben ser neutralizados rápidamente, no vaya a ser que inunden todo el espacio público. Una forma eficaz de neutralizar los residuos de los contextos agotados consiste en su “recontextualización”, ajustando la información y los hechos a un contexto nuevo. Hoy en día, la coalición de inversores a escala global emplea cientos y miles de simbólicos analistas en este reciclaje industrial de los residuos de la comunicación, para recontextualizar las diferentes tipos de residuos en nuevos mitos de una sola palabra, en encarnizada competencia con las diversas sectas post-cristianas tales como el movimiento New Age. Un contexto se regenera (o se recarga) cuando las ruinas de nuestro Pasado vuelven a verse no como desechos, residuos o restos sino como nuevos puntos de partida, la base para un nuevo comienzo que “nos posibilite tener fe en el futuro”. La palabra “globalización” ha iniciado una recontextualización masiva de los residuos y las ruinas de nuestro Pasado: el nacionalismo, la colonización, la descolonización, la guerra fría, las armas nucleares, la brutal explotación del Tercer Mundo, la crisis ecológica, los costes reales ocultos del crecimiento industrial, la banalización de la democracia. La multitud de africanos, a los que la pobreza obliga a emigrar a nuestras ciudades, es un residuo de la Guerra Fría que se luchó en gran parte en el Tercer Mundo donde “en su propio interés” cada superpotencia apoyaba a dictadores y asesinos de masas. La función del mito de una sola palabra, “globalización”, consiste en absorber innumerables hechos e imágenes desgajadas de su contexto, en reunificarlas dentro de un contexto regenerado y claramente delimitado. A lo que me refiero es a hechos que pertenecen a contextos agotados desde hace mucho tiempo tales como la superioridad de la raza blanca, la noción de progreso o incluso la fábula de la nueva riqueza creada por la magia de Internet, que es sólo una versión postmoderna del antiguo mito americano de la frontera, del hombre que se hace a sí mismo construyendo su vida en un país de posibilidades ilimitadas. Recontextualizados como momentos del mito de una sola palabra, “globalización”, estos hechos contradictorios se transforman en un nuevo punto de partida, en energía que nos compromete a luchar por nuevos objetivos. Lo que sucede es que en la incesante inundación de nuevas imágenes, información e impresiones, estos nuevos contextos pronto se desmoronan. Los contextos que las masas podían compartir son un arcaísmo, y la energía de cada contexto recargado se agota rápidamente hoy en día. Los Contextos que no pueden recargarse El hombre blanco ha utilizado la palabra “globalización” como un cubo de basura para echar todos los restos sucios del Pasado de los que desea desembarazarse: las junglas de asfalto suburbanas, el revoltijo industrial, los restos de DDT en la leche humana, la dioxina, la pobreza en el Tercer Mundo, el egoísmo al que los economistas han elevado al rango de imperativo supremo. Pero los vientos globales están devolviendo los restos de este naufragio a las costas del mundo al que pertenecen. La costa francesa está contaminada de petróleo, el Danubio está envenenado, las ciudades se están asfixiando por culpa de los gases venenosos. La costa italiana es un blanco nocturno para los barcos de contrabandistas, que llevan gente de la periferia, de allá donde el hombre blanco gobernó una vez pensando únicamente en su propio interés. Estos recién llegados vagan por la ciudades europeas sin documentos, se convierten en blanco de las redadas policiales, se hacinan en centros de deportación para ser posteriormente repatriados a su (Tercer) Mundo. La proliferación de personas de la periferia por todo el mundo no sólo se ha acelerado, sino que se ha hecho más brutal, desesperada e inhumana. Omofuma, que era negro, fue expulsado de Viena, atado, amordazado con esparadrapo y murió en el avión. Las calles de las ciudades del mundo están atestadas de prostitutas de la mitad del mundo postcomunista, de Ucrania, Rumanía y Rusia. Hace siglos que el efecto El Niño era conocido pero se ha convertido en un fenómeno más extremo en los últimos veinte años, lo que muchos analistas atribuyen al calentamiento global. “Esto no puede seguir así, no podemos continuar librando una guerra química contra nosotros mismos” dijo Miloš Kuzvart, el ministro checo de Medio Ambiente, después de la inversión de smog de finales de noviembre de 1999, cuando el nivel de óxido de nitrógeno en algunas ciudades checas llegó a alcanzar el doble de los niveles permitidos. ¿Se puede justificar la guerra química contra los habitantes de una ciudad por el mero hecho de incluirla en el contexto de la “Globalización”? ¿Puede esto convertirse en nuestro nuevo punto de partida? El mito de una sola palabra “globalización” vuelve a proponer, conforme a la fórmula del profesor Codaro, la pobreza del Tercer Mundo, la crisis ecológica, el poder planetario de la publicidad, las repercusiones de la carrera de armamento nuclear que durante décadas fueron el contexto más eficaz de movilizar energías para aumentar el crecimiento económico, como un nuevo punto de partida, un nuevo comienzo. Por lo tanto, se está recargando un nuevo contexto, en el que las imágenes de nuestros finales adquieren un nuevo marco, nuevas perspectivas y nuevas energías. Pero existen algunos puntos de llegada que no pueden redefinirse como nuevos puntos de partida, que son finales definitivos. Se logran recargar los contextos cuando un nuevo mito de una sola palabra transforma las ruinas del pasado, las masacres y el sufrimiento de millones de personas en el comienzo de una nueva era. Es la vieja estrategia del hombre blanco. Así, por ejemplo, a los ojos de los grandes custodios de la relación cristiana con el tiempo, tales como Gioacchino da Fiore o Marx, al principio fue la era del Padre, seguida por la del Hijo y ahora le toca el turno a la era del Espíritu Santo, la era de la salvación. Existió el feudalismo, la era de la posesión de la tierra, a continuación la era del capital, de la posesión del trabajo, el capitalismo y luego el socialismo, la era de la emancipación del trabajo humano, que constituiría la renovación de toda la historia de la raza humana. En plena revolución industrial, Augusto Comte, fundador de la iglesia de los positivistas, anticipó el advenimiento de una época de racionalidad absolutamente positiva, en la que la era religiosa y la metafísica se superarían definitivamente. En este contexto “superarían” significa reciclar los residuos y las contradicciones del pasado en un nuevo comienzo: el positivismo y el socialismo fueron los grandes mitos de una sola palabra de la Ilustración. La globalización es, sin embargo, una época en la que los fragmentos del pasado desgarran cada mito de una sola palabra y, a través de sus agujeros, vemos qué poco sentido tienen y qué sangrientos y repugnantes son, vemos que no pueden transformarse en nuevos puntos de partida. Los contextos descargados del mundo contemporáneo no pueden recargarse de acuerdo con las propuestas del profesor Codaro. El holocausto, el agujero de la capa de ozono, el kitsch generalizado de las películas de Hollywood y los discursos presidenciales, el poder abstracto del Banco Mundial, la devastación medioambiental del planeta, los coches que están dañando gravemente las ciudades históricas europeas, el despilfarro de los recursos del Tercer Mundo y la degradación del lenguaje de la publicidad no pueden redefinirse como un nuevo punto de partida. Son un absoluto punto de llegada, un final. La hora de los intelectuales que han blanqueado nuestros sangrientos finales en nuevos comienzos ha desaparecido para siempre, como nos ha recordado J. F. Lyotard, el filósofo de la disidencia, de los conflictos en los que las injusticias sufridas por una parte no significan nada en el lenguaje de la otra. Pero hay una gran tarea que queda por hacer para esta clase que está desapareciendo: utilizar toda la fuerza y el ingenio que han acumulado a lo largo de los siglos para resistir a aquellos que están tratando de moldear los residuos del pasado depredador del hombre blanco en un nuevo mito, la globalización. ¿Podemos escapar a la trampa que transforma cada punto de llegada en un nuevo comienzo y de este modo nos impide aprender algo sobre nuestros finales? ¿Aprenderemos a recargar contextos agotados de tal manera que los puntos de llegada sean finales, no nuevos comienzos y, sin embargo, sigan teniendo la capacidad de transformar la información, las impresiones y los hechos en la energía necesaria para la vida? Ésta es, verdaderamente, una pregunta postmoderna. El Nombre de la TotalidadExisten hoy en día dos adjetivos, que unas veces chocan y otras se entremezclan pero que la mayor parte de las veces sólo sirven para oscurecerse el uno al otro, postmoderno y global. El adjetivo “postmoderno” proclama que tenemos que despedirnos de la idea de que el final último de la historia consiste en la unidad de todos los seres humanos, por el procedimiento de liberar a la razón de todos aquellos oscuros prejuicios que nos impiden acceder a las verdades universales. En la visión postmoderna, las opiniones diferentes no se deben a errores o al retraso de ciertas comunidades humanas, que deberían superarse mediante un aumento de la objetividad y de la neutralidad de unos sujetos mejor educados. La diversidad de puntos de vista y formas de vida es el estado normal de la raza humana, no la consecuencia de nuestros defectos biológicos o históricos. La globalización nos ha atrapado en una red en la que ningún punto representa el centro, ni significa la totalidad ni siquiera señala el camino hacia ella. Nunca sabremos cuál de nuestros actos deshará los nudos de la red, proporcionando un refuerzo impredecible a los efectos globales que se extienden rápidamente sin que nadie pueda decir hacia dónde. El adjetivo “global”, esta mutua interrelación de las palabras y las acciones humanas, que sin embargo no están “gobernadas por la razón”, que no son transparentes ni predecibles, que no se basan, por ejemplo, en la universalización de la experiencia de aquellos que son los más sabios de entre nosotros o incluso los más valientes. Es simplemente el efecto de un entorno tecnológico en el que el impacto de nuestras acciones es global, al alcanzar a un número ilimitado de seres humanos e influir en los mundos vitales de infinidad de personas, aun cuando los percibimos como locales. “No sabemos de hecho qué tipo de persona sería necesaria para reducir el enorme vacío existente entre los espíritus locales y la forma global del mundo”, escribió Peter Sloterdijk. Los satélites nos muestran nuestro mundo como un conjunto en el que todo está unido a todo lo demás, pero ¿quién tiene derecho a darle a esa totalidad un nombre? Todo está dividido, clasificado, especializado, contado. El conjunto no tiene un nombre legítimo, ni es el contexto de nada. La última hornada de expertos se apoderan de cada conjunto y lo diseccionan en hechos evidentes. Nuestra historia como hombres blancos es una historia de guerras por la hegemonía del mito de una sola palabra que le daría un nombre a este mundo en cuanto que totalidad. El adjetivo “global” implica una totalidad, pero una totalidad sin nombre, una totalidad que ninguna fórmula puede definir, una totalidad que se manifiesta a sí misma por unas externalidades incalculables, unas sinergias inesperadas y unas catástrofes o fenómenos climáticos extremos. Las Tétradas de McLuhanEl filósofo canadiense Marshall McLuhan extrajo de su revolucionario análisis del poder de los medios una teoría, según la cual si encontramos la respuesta podríamos entender una idea, un estilo de vida o un artefacto, al contestar a las cuatro preguntas siguientes: 1.- ¿Qué intensifica o amplifica este artefacto (idea, estilo de vida)? 2.- ¿Qué consume y convierte en arcaico u obsoleto? 3.- ¿Qué elementos que se habían quedado obsoletos despiertan a una nueva vida? 4.- ¿Qué invierte o anula, una vez que ha alcanzado el límite de su potencial? Cada idea, concepto o estilo de vida es una figura visible situada contra un fondo. La figura se impone sobre nosotros, llama nuestra atención, nos abre un nuevo campo de posibilidades. La figura destacada proyecta su fondo en la penumbra, por ejemplo, todo lo que venía antes que ella y le ofrece resistencia. Pero, finalmente, el fondo prevalece sobre la figura y la fuerza a coexistir con el resto del mundo y con nuestra experiencia pasada. McLuhan ve los procesos de intensificación y actualización como figuras que se imponen sobre nosotros, mientras que, por otro lado, lo obsoleto y lo contrario son signos del poder del fondo que se resiste a la hegemonía de la figura y así la transforma en otra cosa distinta de lo que parecía ser al principio. Para McLuhan, entender quiere decir llegar a percibir ambos: el poder visible de la figura y la fuerza invisible del fondo que la figura ha despertado. Entender el contexto de nuestras ideas y acciones, condensadas en un mito de una sola palabra, significa encontrar respuestas para las cuatro preguntas de Mc Luhan. La revelación del contexto oculto es un importante género literario de la civilización occidental, con su propia poética, a la que denominamos “interpretaciones”. A diferencia de los géneros puramente cognitivos o explicativos, las interpretaciones nos narran historias de varias figuras y de diferentes fondos, de confusiones inesperadas, de giros y desplazamientos en sus relaciones mutuas. A este género literario no le concierne la resolución de los problemas sino iluminar la totalidad a la que nuestras acciones e ideas pertenecen implícitamente. Los géneros literarios que revelan contextos ocultos constituyen la función de las “humanidades”, que siempre se han guiado en función de la idea de la emancipación del siniestro poder de los contextos a los que ni se ve ni se reconoce. El entendimiento nos libera de los contextos heredados, nos posibilita proyectar contextos nuevos y liberadores en el espacio público en una competición consciente con muchos otros “re-creadores de contextos descargados”. He construido cuatro de las tétradas de McLuhan para definir la globalización postmoderna. Intento presentar una definición narrativa y por lo tanto no me es posible colocar estas tétradas en un orden deductivo claro y coherente. Más que conducirnos de uno a otro, el uno se desborda sobre el otro, se inserta en el otro o lo atraviesa. La Primera Tétrada: De cómo las personas se convirtieron en los Custodios de la Tierra En el prólogo de la traducción checa del libro de James E. Lovelock Las edades de Gaia: una biografía de nuestra tierra viva, leemos que “el concepto de crecimiento sostenido perfila un triste futuro para aquellos que toman de la Tierra más de lo que ésta puede darles. Gaia nos advierte que si tomamos demasiado de ella, estamos colocando una carga de responsabilidad sobre nuestros hijos, que también tendrán que convertirse en los custodios de la tierra. Basta con imaginar que dependemos de los acuerdos a los que llegan las facciones tribales en las que la raza humana está dividida hoy en día, no sólo con respecto a lo que comemos y dónde vivimos, sino con respecto a cada soplo de aire fresco que hoy en día es gratis y lo damos por supuesto”. La globalización quiere decir que esta responsabilidad ya se ha impuesto en la raza humana. Todos estamos ya condenados a ser los custodios de la Tierra. Los huracanes y los terremotos, las inundaciones y la desertización pueden verse en el panorama que nos han creado nuestros satélites y por lo tanto son obra nuestra. No podemos observarlos con neutralidad, somos responsables de ellos. La humanidad está ahora condenada a encontrar la manera de llegar a un acuerdo que garantice un soplo de aire fresco para cada persona de esta Tierra. La poética del género literario conocido como “activismo ecológico” consiste en revelar el tenue fondo de la Naturaleza detrás de la luminosa figura del poder tecnológico, Naturaleza que al morir se defiende a sí misma. La tensión entre esta figura y su fondo constituye el contexto más apropiado para el imparable crecimiento del Crecimiento que es la esencia de la civilización industrial. Debemos pagar por el aumento del poder tecnológico sobre la Naturaleza convirtiéndonos en los custodios de la Tierra, con el fin de oponernos al ataque depredador al biosistema, para impedir que se siga saqueando el contexto al que los humanos irrevocablemente pertenecemos. La noción de “externalidad” se encuentra en el centro de la economía y la política global e indica el impacto global que tienen las acciones de un grupo local de personas, las repercusiones que conllevan sus acciones en todos los mundos vitales humanos (y no humanos). El mercado no puede compensar los efectos causados por las externalidades debido a su coste incalculable, del mismo modo que las consecuencias de los cambios climáticos en diferentes zonas de la Tierra que se han inflingido a tantas personas desconocidas, no se pueden incluir en el precio de las mercancías y convertirlas en compensaciones obligatorias. Las “externalidades” son el resultado de nuestra incapacidad para percibir el conflicto entre el impacto global de nuestras acciones en el entorno tecnológico y los puntos de vista locales, que nos imponen nuestros paradigmas políticos y económicos, estrechos de miras y planificados a corto plazo. La política es cada vez más una lucha por controlar las “externalidades”, para cercarlas detrás de un muro o una valla de alambre de espino. El muro de Neštemice, un suburbio de la ciudad checa de Usti nad Labem, que se construyó para eliminar el ruido que hacían los gitanos en una zona residencial de clase media tranquila y elegante, estaba destinado a acallar los sonidos que nos llegan de mundos vitales humanos alternativos. ¿Cuántos muros como ése se están construyendo hoy en día y cuántos otros lugares existen donde la gente sueña con ellos? Toda la naturaleza se ha convertido en una externalidad que frustra nuestros planes. ¿Se la puede cercar o vallar con alambre de espino? La intensificación del conocimiento de las externalidades, que es la característica cultural decisiva de la globalización postmoderna, es el resultado de un acontecimiento decisivo: del acceso de las masas a las fotografías de la Tierra captadas por satélites. Visto desde esta perspectiva planetaria, los humanos parecen simplemente un elemento transitorio de una frágil biosfera, sujetos a un imperativo categórico de solidaridad con todos los seres vivos del planeta Tierra. Tal perspectiva hace obsoleta la idea de una mercancía privada. Desde el momento en que todos podemos ver desde un satélite, el individualismo y la competitividad para enriquecerse personalmente se vuelven obsoletos, y en su lugar prevalece la conciencia de totalidad, la idea de un bien común, de lo común global, de la necesidad de actuar juntos en cuanto que humanidad. Sólo los “locos racionales” continúan creyendo en los bienes privados y en su interminable intercambio. La filosofía de la protección medioambiental se está desarrollando rápidamente en un discurso que está redefiniendo en el nombre de la bio-solidaridad todos los valores de la civilización industrial, todos los ejes imperativos que se han desarrollado a partir de la creencia cristiana en el papel especial desempeñado por el hombre (blanco) en la Tierra. La bio-solidaridad no puede reconciliarse con la idea antropocéntrica de que las metas del Homo Sapiens son excepcionales y de que ello les permite gozar de un orden completamente diferente al del resto de los seres vivientes de este planeta. En la última lección de su vida, el filósofo de la comunicación y psicólogo americano Gregory Bateson, opuso la lógica occidental basada en el silogismo aristotélico “los hombres mueren, Sócrates es un hombre, luego Sócrates morirá” y enunció un silogismo de locos al que llamó silogismo de la hierba. Dice así: “la hierba muere, la gente muere, luego la gente es hierba”. Para mí, este silogismo podría encontrarse en la base de una forma de pensar de la bio-solidaridad. La bio-solidaridad otorga una nueva relevancia al animismo, al totemismo, al piercing corporal, a las religiones orientales, al Budismo, al panteísmo y socava la cortina de hierro que el colonialismo construyó entre los salvajes y la gente civilizada. Lo contrario a la ecología, a esta perspectiva planetaria de los seres humanos, es ese leve antihumanismo y esa limitación radical de las libertades individuales, en los que puede degenerar según opina el filósofo liberal francés Luc Ferry “el nuevo orden ecológico de la Tierra”. ¿Son los seres humanos de la civilización industrial tan sólo parásitos peligrosos de este planeta? ¿Dónde comienza y dónde termina mi derecho a vivir cuando todo lo que hago se convierte en una externalidad para una u otra criatura viva de este planeta? Segunda Tétrada: De cómo la diferencia entre la cueva de las sombras y el mundo exterior se convirtió en una fábula. Una exposición en la Galería de Arte Moderno de Viena incluía, entre otros objetos, un montón de copias del periódico austriaco Der Standard . Cuando me marchaba de la exposición, un vigilante me paró y de manera oficiosa me quitó la copia de Der Standard que yo había comprado en el Südbahnhof esa mañana y lo tiró al montón. ¿Cuándo se convirtió mi periódico en parte de una obra de arte? Quizás así es como se había formado ese montón de periódicos, ésa era la intención del artista y lo que había pasado es que yo no me había dado cuenta. Cuando visité la Galería Nacional Checa en el Palacio Veletržní después de que la colección de arte moderno se hubiera transladado allí, me atrajo nada más llegar un pequeño espacio acordonado en la planta baja, en medio del cual había un cubo rojo en el que caía agua del techo a un ritmo constante. Yo no era el único que se paraba a contemplarlo y parece ser que había una incertidumbre general sobre si formaba o no parte de la colección. Hay muchas versiones sobre la historia de una mujer que visitó el Museo Guggenheim de Nueva York durante una huelga, cuando todos los cuadros estaban cubiertos por lienzos negros y declaró que había sido la mayor experiencia artística que había tenido ese año. ¿Tenía razón? ¿Cómo, cuándo, dónde y quién debe instalar un cubo rojo para que se convierta en una obra de arte? La frase “esto no es una pipa” sobre una pipa pintada, un montón de ositos de peluche, los videoclips de automóviles girando a gran velocidad que se vieron en un monitor colocado sobre un montón de neumáticos en la última Bienal de Venecia, representan el arte visto como la desmitificación del sentido. El sentido no es una propiedad definitiva de los signos, que los convertiría en intercambiables con la realidad, no hay ninguna mina de oro que garantice la convertibilidad de los signos en realidad. Cada signo apunta a otros signos y la palabra “realidad” se utiliza para referirse a los signos privilegiados por el Poder. La razón de que suceda esto sobre un conjunto de signos se debe generalmente a la voluntad de poder y al egocentrismo, pero también puede deberse a la ansiedad, a la falsa conciencia, a la inercia de la costumbre, a la pereza, al eurocentrismo. El arte desmitifica el sentido al obligarnos a manifestar las razones por las que ciertos signos se privilegian para ser vistos como “realidad”. Pero esas razones no existen. En la introducción a su libro El Nacimiento de la Forma Viva del biólogo Anton Markoš, Praga 1999, el autor escribe: “existe una tensión en la biología contemporánea que deriva del dualismo inscripción-forma. La información de un organismo puede ser de dos tipos. Puede conservarse como una inscripción, a la manera de una secuencia lineal de signos que codifica instrucciones, programas, pero también puede tomar la estructura de una forma viva”. En sus consideraciones sobre la vida, los biólogos se ven implicados en el argumento de una antigua narrativa: durante más de dos mil años, los filósofos han creído que detrás de la forma podemos percibir que hay una idea, un logos, una razón, una inscripción que es la oculta realidad de todo pero que sólo puede ser entendida a través de la razón. El único aspecto radicalmente nuevo consiste en que no podemos “rescribir” esta inscripción para que se ajuste a nuestros intereses estratégicos, subordinando, así, las formas vivas a nuestro poder de planificación. Las ideas de Platón iban dirigidas a reconciliarnos con la última estructura de la realidad, mientras que el ADN nos invita a rescribir la forma que nos ha sido asignada. ¿Y es en realidad el verbo “asignar” el apropiado para ser utilizado aquí? La reescritura del ADN de las manzanas, los eucaliptos y las naranjas ya está en uso, para asegurar mayores beneficios a las multinacionales agroalimentarias. ¿Cuándo comenzará a utilizarse sobre nuestras capacidades, distribuidas todas de forma caprichosa y en las que apenas se puede confiar? ¿Es la forma viva el significado de la inscripción del ADN? ¿Es la relación entre “la secuencia lineal de signos que codifican la información” y “la forma viva”, del mismo orden que la existente entre el signo y su significado o entre la imaginación y la realidad? ¿Deberían los teólogos reinterpretar la Creación en términos de una “inscripción primaria”? Durante milenios hemos considerado que la forma viva era la realidad más que la inscripción, pero esto se ha debido exclusivamente a razones históricas, dados los límites histórico-prácticos de nuestro conocimiento. ¿Rescribirá el poderoso clan cristiano su famosa historia del juicio final y de la resurrección al estilo de Parque Jurásico? Al principio del siglo XX, en una de las tortuosas calles del casco antiguo de Praga, Franz Kafka se encontró con uno de los guardianes de la Catedral que alberga las inscripciones que son la base sobre la que el poder nos juzga y que no comprendemos: los archivos policiales, los archivos escolares, los restos que hemos dejado en lugares olvidados, los documentos que prueban nuestra identidad. Hoy en día es posible encontrarnos con tales guardianes por todas partes. En la era de la globalización postmoderna, no podemos seguir engañándonos y pensar que podemos escapar de la interacción de los signos con respecto a la realidad, pero sólo para escapar a una interacción de signos diferente. El significado de ciertas afirmaciones son otras afirmaciones y los signos están proliferando desproporcionadamente, mientras que la realidad se está convirtiendo en algo más infrecuente, ya que no existe ninguna institución que tenga el poder de forzarnos a todos nosotros a aceptar la prioridad de ciertos conjuntos de signos como los mitos de una sola palabra garantizados por el Estado (la Iglesia, la Ciencia, el Partido) y capaces de transformar estos signos en energía social. La famosa alegoría de la cueva de las sombras de Platón, de la que debemos pasar a la luz para ver el verdadero significado de las palabras, es un perfecto resumen del concepto de signos como “vales” que garantizan nuestro acceso a la visión de la realidad. Esta fábula sobre la diferencia de lo interno (la oscuridad y las sombras) y lo externo (la luz y la realidad) es un mito fundacional de Occidente: el Cristianismo, la Ilustración, el dominio tecnológico sobre la Naturaleza, el colonialismo, el holocausto, la energía nuclear y el automatismo destructivo del crecimiento económico. Todos ellos constituyen tan sólo variantes de esa fábula. La globalización postmoderna de la sociedad, que está intensificando nuestra conciencia de que no hay manera de escapar de la infinita red de signos, está dejando obsoletos esos géneros de comunicación en los que el lenguaje se concibe como moneda que puede ser transformada en una cantidad dada de realidad a un precio establecido legalmente garantizado, llamando al precio “objetividad”. Los grandes Bancos Mundiales de significado, la iglesia, el estado, la ciencia, la OTAN, la Unión Europea, se han quemado de tanto aparecer; los hechos objetivos y otros tesoros que en el pasado se creía que iban a garantizar la convertibilidad de los signos en realidad, ahora se perciben simplemente como una leyenda. El grado cero del lenguaje en el que los significados de las palabras no quedarían distorsionados por intereses especiales, el conocimiento objetivo, es sólo una engañosa historia que los blancos Conquistadores de tierras lejanas, el Dominador, el Portador de la civilización a los salvajes han esparcido a través de los continentes del mundo. Cada teoría, cada imagen, cada forma viva, cada inscripción, cada huella, cada signo, cada descripción del mundo, cada historia acarrea una convicción por su poética, no porque nos muestre la verdad objetiva. La conciencia de que cada acto de un juez, cada norma y todo el conocimiento expresan los prejuicios e intereses de un “nosotros” histórico otorga relevancia al concepto de justicia concebido no como la aplicación de leyes universales por parte de jueces neutrales sobre la base de un resumen objetivo de los hechos, sino como la “sabiduría”, que está mejor expresada en la ética filosófica de Emmanuel Levinas. En su concepción, la frágil “cara del otro hombre” no puede nunca subordinarse al punto de vista de la totalidad sin que nos remuerda la conciencia. La fragilidad de “la otra cara” es más importante que la verdad, no podemos ignorar este hecho para definir lo que queda como “la verdad objetiva”. No podemos borrar la radical responsabilidad que la fragilidad de la cara de otro hombre imprime en nosotros como “mero subjetivismo o sentimentalismo”. Cada persona tiene una absoluta responsabilidad hacia la cara del otro, no hacia los principios universales abstractos de una verdad objetiva. Incluso la naturaleza tiene su cara frágil y mortal de la que somos responsables. El totalitarismo del siglo XX fue el producto de una pseudo escala de valores del sistema económico-administrativo, que tiende a elevar la indiferencia hacia los otros en una norma suprema de racionalidad y en una condición para su eficaz funcionamiento. Lo contrario de esta intensa desmitificación del significado es el final de la época de las masas unificadas por la fe en una nueva y finalmente emancipadora definición de la realidad. El agotamiento de los Bancos Mundiales de significado ha colapsado el sistema de educación unificado del estado nación: los institutos, las universidades, la historia nacional concebidos como la historia de la lengua y la literatura. El síntoma de esto lo encontramos en la lucha ampliamente extendida de todas las minorías por el derecho a vivir según su propia visión del mundo. Lo opuesto a esta intensificación de la pluralidad es la falta de poder político y la debilidad social del nuevo proletariado: los intelectuales confinados a su lengua nativa, a la educación en las humanidades, a la literatura y así, al estado nación. La Tercera Tétrada: De cómo la abundancia comunicativa ha transformado nuestras ciudades en aldeas globales En una conferencia en Praga, el filósofo británico John Keane propuso el término “abundancia comunicativa” para designar un problema filosófico central de nuestra época. En su Declaración para la Independencia del Ciberespacio, John Perry Barlow decía que la nueva información tecnológica está creando un universo que es accesible para todos, al margen de los privilegios, los prejuicios raciales, el poder económico, las potencias militares o el lugar de nacimiento. Pero al igual que la abundancia de bienes materiales no trae consigo paz y felicidad para todos, la abundancia comunicativa tampoco la traerá: produce crisis morales, conflictos, desigualdades y crea una nueva falta de transparencia. Y sobre todo paraliza nuestra capacidad para entender la información que está proliferando sin límites. La abundancia comunicativa intensifica excesivamente lo que los sociólogos llaman “la transcendencia del lugar”: la interacción entre personas que viven a gran distancia, la forzada movilidad general de las mercancías, de las ideas, de la información, de las imágenes y de las personas ha creado redes que unen todas las ciudades, lugares y naciones, de una forma tal que el lugar de la Tierra donde vivimos desempeña cada vez un papel menor a la hora de determinar nuestra visión del mundo, nuestro vocabulario, nuestros intereses, nuestros gustos, nuestros límites y nuestros objetivos. La transcedencia del lugar, la creciente movilidad de todas las personas, está convirtiendo en obsoleta la idea de que la finalidad estratégica de la comunicación es un consenso mayoritario, una interpretación unificada de los mensajes. La visión de que el consenso es una finalidad estratégica de la comunicación, se basa en una suposición equivocada de que las diferencias entre las distintas descripciones del mundo se deben a errores y malentendidos y que el estado normal y natural de la sociedad es el acuerdo y lo unívoco, en vez de la pluralidad y la contradicción. Ésta es una suposición peligrosa que hace imposible el que se explique completamente que en las sociedades democráticas existen diferencias irreconciliables entre las experiencias, los intereses y la forma de vida de personas diferentes. La abundancia comunicativa agudiza la obsolescencia del cambio social, entendido este último como el resultado de la presión de las masas unificadas por una sola visión “hegemónica” del mundo sobre el sistema político. La abundancia comunicativa concede nueva relevancia al arte de la conversación, de la recontextualización, de la construcción dialógica de nuevos contextos para la información y las imágenes que están continuamente invadiendo todas los espacios de la sociedad. La era de la abundancia comunicativa otorga un papel más importante a la confianza y a la honestidad intelectual, a la inventiva y al anarquismo de los vagabundos lingüísticos o “espirituales”, de los diversos “peregrinos cojos” (Josef Capek). Gregory Bateson utiliza el término “metálogo” para una conversación sobre una cuestión en litigio, poniendo de relieve no sólo las contribuciones de los participantes sino también la estructura del debate, sus reglas implícitas. El concepto de “metálogo” tiene una gran relevancia en la era de la abundancia comunicativa. Lo contrario de la abundancia comunicativa es la neorealidad, la autocombustión de los medios, en palabras de Václav Havel. La neorealidad se construye a través del reciclaje del superávit de signos generados por “el exceso de comunicación”. La cienciología, por ejemplo, recicla el lenguaje del psicoanálisis y de la ciencia ficción de los años setenta. La transición de los países post-comunistas ha suministrado una oportunidad para un masivo reciclaje del vocabulario de la economía neoclásica y de las ideas moralistas de la Guerra Fría, con expresiones tales como “la devastación moral que el comunismo ocasionó en la gente”, expresiones puestas en circulación por “la Derecha Moral”, en los países postcomunistas. La maquinaria de Hollywood crea continuamente diversos mitos de una sola palabra para reciclar el superávit del exceso de comunicación planetaria. Estamos viviendo al borde de un enorme cúmulo de información usada, de imágenes consumidas, de contextos descargados, de clichés agotados, de naufragios semióticos, de prejuicios que están desapareciendo, de normas desactivadas, de suburbios desestructurados, de tradiciones rechazadas, de paisajes desmantelados. ¿Son tóxicos estos residuos? ¿A dónde se les puede llevar para eliminarlos? La Cuarta Tétrada: Las verdades cuyo contrario son otras verdadesHay dos problemas con los que tenemos que enfrentarnos en las democracias postindustriales. En primer lugar están aquellos que podemos resolver mejorando nuestra capacidad, es decir, si obtenemos una información más completa, calculamos mejor la relación entre cantidades, catalogamos los elementos de un conjunto de forma más precisa, observamos más estrechamente los hechos y los generalizamos con más cuidado. Por ejemplo, a la hora de responder a la pregunta a cerca de si el uso de la droga se está extendiendo en una región determinada, es suficiente enumerar los hechos en tanto en cuanto exista un acuerdo sobre las definiciones de “joven” y “droga” y el alcance histórico y geográfico de la pregunta. Después, existen preguntas que no pueden resolverse mediante un aumento del conocimiento especializado. Son preguntas tales como si el Estado debe garantizar los derechos sociales de los ciudadanos, hasta qué punto una medida que daña al medio ambiente puede ser legítimamente aceptable, qué significa el progreso, si es legítima la vivisección, qué derechos tienen los animales, qué quiere decir la dominación tecnológica de la naturaleza, si es moralmente aceptable rescribir el ADN de los seres vivos. No se puede contestar a tales preguntas dando simplemente una lista más completa de los elementos de un conjunto o a través de una observación más estrecha y precisa de los hechos. Los analistas del proceso de toma de decisiones democráticas denominan a estos problemas “preguntas marco”, pero yo sugeriría llamarlas “hermenéuticas”, ya que nos obligan a reflexionar en un contexto oculto desde el interior del que podemos hacer nuestras preguntas. No podemos resolverlas sin abrir una vía en el oscuro fondo del sistema, histórico, psicológico, moral y político, que determina lo que tendemos a concebir como un problema, lo que nos perturba y llama nuestra atención. Aquellos que creen que la vida fue creada por un dios, ven la pregunta desde la perspectiva de si se puede o no admitir el rescribir el ADN para subordinar la naturaleza como un todo a nuestra voluntad, en un contexto muy diferente al de los evolucionistas que están de acuerdo con la idea de Richard Dawkin del gen egoísta. Lo contrario a las pequeñas verdades, suficientes para responder al primer tipo de preguntas son las mentiras, mientras que lo contrario a las grandes verdades, a las que llegamos en nuestra búsqueda para encontrar respuestas a preguntas marco o hermeneúticas son grandes verdades de signo contrario. El conflicto entre las grandes verdades no puede resolverse mediante la acumulación de pequeñas verdades. Éste es un problema crucial en los debates sobre la globalización. La democracia es una forma de organizar la sociedad en donde las preguntas marco están siempre abiertas y la “sociedad civil” protege el acceso a las mismas y se pone a debatirlas. Hay una efervescencia “permanente” en el espacio público de una democracia, donde las verdades opuestas chocan permanentemente, se subvierten mutuamente y se transforman a sí mismas. Los conflictos entre las grandes verdades nos hacen mejores y más abiertos, legitiman nuestras decisiones y aumentan la calidad de éstas. En el espacio público democrático los contextos agotados no se recargan secretamente de manera que nadie pueda controlar ni con propósitos que nadie pueda compartir. El pilar básico de la democracia es por tanto el acceso general a los contextos ocultos, al oscuro fondo de nuestras tradiciones, así como el intenso interés compartido por clarificar los motivos por los que los contextos se agotan y tienen que ser legítimamente regenerados. La globalización postmoderna intensifica el conflicto entre las grandes verdades, entre los contextos irreconciliables. Convierte en obsoletas aquellas capacidades que toman forma dentro de instituciones jerárquicas y centralizadas dominadas por los custodios de la verdad objetiva, a las que el biólogo checo Stanislav Komárek ha denominado “estructuras eclesiomórficas” (pseudo-iglesias). Los sacerdotes de estas pseudoiglesias, los expertos, se infiltran en el poder político, le dan forma a través de sus predicciones, de sus opiniones, de sus consejos, formando un puente entre la opinión pública, las masas y las élites políticas. Las sociedades postindustriales son complejas y no pueden funcionar sin la constante mediación de los expertos entre los diferentes sectores. La intensificación del conflicto entre las preguntas marco convierte en arcaicas las oligarquías epistemológicas, las carreras profesionales basadas en la antigüedad en el cargo, los manuales y los universos jerárquicos cerrados de la “burocracia de la verdad”, apoyados por los partidos políticos, el Estado y las grandes multinacionales. Por el contrario, otorga una nueva relevancia al discurso, a la retórica y al poder metafórico, anárquico y liberador del lenguaje natural. Las grandes verdades de signo contrario constituyen los fundamentos de nuestro mundo como metáforas poderosas, que, a través de su propia poética, nos permiten una recontextualización eficaz del Pasado desechado, de los mundos vitales corroídos y disueltos. Ejemplos de metáforas poderosas que constituyen lingüísticamente nuestro universo presente son “la mano invisible”, “la sociedad abierta”, “los derechos humanos”, o “la globalización”. Estos contextos regenerados nos permiten reciclar los restos desmoronados en nuevos puntos de partida. La literatura nacional, todos los tipos de arte, el debate público, los mundos vitales excéntricos, la moral anticonformista y las creaciones lingüísticas crean tensiones y crisis que abren paso a las preguntas marco cuyo enorme poder condicionante no logramos reconocer en la rutina cotidiana. Lo opuesto a las grandes verdades es la ingobernabilidad, como se le llamó en los años setenta, o mejor dicho, el funcionamiento autorreflexivo del sistema, como lo denomina Václav Havel. La modernidad es un proceso en el que la sociedad se convierte cada vez más rápidamente en sectores especializados que tan sólo reconocen su propia descripción del mundo. El sistema es cada vez más contradictorio, sus diferentes partes se devoran mutuamente, pero ya no somos capaces de subordinarlas a una sola gran verdad y de luchar contra aquellos que buscan subordinarla a una gran verdad de signo contrario. También es cierto que estas aseveraciones mías tan sólo sirven para acelerar el funcionamiento autoreflexivo del sistema y no para modificarlo. En lugar de conclusiónEl marxista estadounidense James O'Connor ha desarrollado la teoría de las dos contradicciones del capitalismo. La primera, bien conocida por todos los manuales del marxismo, consiste en la contradicción entre las relaciones de producción y los medios de producción, que debe resolverse mediante la eficaz socialización de estos últimos. La segunda contradicción se refiere a los medios y relaciones de producción por un lado, y a las condiciones de producción, por otro. Marx distinguía tres tipos de condiciones de producción. Primero, hay un “medio externo” que es la naturaleza, el ecosistema terrestre. El segundo es la fuerza de trabajo humana, cuya cualidad depende de la situación de cada individuo y de los grupos sociales a los que pertenece. La tercera estaría constituida por las condiciones generales de reproducción social, tales como los medios de comunicación. Utilizando un vocabulario actualizado de los tres tipos de condiciones de producción establecidos por Marx, podríamos denominar a éstos como el ecosistema, el capital humano (lo que las personas han hecho de ellas mismas, lo que han aprendido) y el capital sociocultural (las relaciones entre individuos mediatizadas simbólicamente y todo lo que éstas les posibilitan hacer). La contradicción residiría en que el capital no reproduce ninguna de esas condiciones, tan sólo las consume y las destruye. El capital económico busca crecer y alimenta su crecimiento con recursos que no ha creado, que sólo enajena a la naturaleza y a la sociedad humana. ¿Cómo puede la raza humana organizarse para defender “las condiciones de producción” contra la destructiva voluntad del Capital de crecer? ¿Quién constituirá la vanguardia de esta lucha, quiénes serán los que se opongan con más fuerza al capital y qué estrategias utilizarán para liberar el potencial ecosociobiológico humano contra la lógica del residuo, inseparable del crecimiento del Crecimiento al que el capital somete a dicho potencial? Witold Gombrowicz escribió que hay dos tipos contradictorios de humanismo: uno, al que llamamos religioso, que busca poner a los seres humanos de rodillas frente a las obras culturales, obligando a todo el mundo a santificar, por ejemplo, a Dios y al Estado. El otro conlleva una actitud más rebelde del espíritu que trata de restaurar la soberanía y la independencia de las personas de cara a los dioses que, de hecho, ellos han creado. La globalización también es producto de la cultura humana, es un dios que nosotros hemos creado. Deberíamos tener cuidado, no vayamos a perder nuestra soberanía frente a la recontextualización mitificadora de los residuos de nuestro pasado. Al transformarlo en un espléndido nuevo comienzo, nos encontraríamos sin haber aprendido nada de nuestro final.
Traducción: María José Belbel Bullejos Agradecimientos: Azucena Vieites, María Unceta y Pilar Vázquez |
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